Mostrando entradas con la etiqueta Glee. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Glee. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de mayo de 2011

IndieFilmFest - Parte 1


Esta es una historia de ficción .Cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia.
¡Posta!



… y la parte superior del trípode da en mi cara y quedo desorientado y recibo un golpe en el estómago y me doblo pero no quiero caer y siento un golpe en la espalda y otro y otro y logro enderezarme y tiro un manotazo para agarrar una de las patas del trípode y me golpean en el pecho y trastabillo y caigo de costado sobre algo afilado en el piso y cierro los ojos y me muerdo para contener el grito y me agarro el brazo y estoy todo empapado por el sudor y la sangre y lo escucho y abro los ojos y veo al hijo de puta acercarse con el trípode roto y lo levanta como si fuera un bate listo para hacer jonrón con mi cabeza…
¡Stop, stop! Así no empieza esta historia. Ni ahí. Hay bocha para contar. Sí, están por reventarme, pero les contaré todo.
Hagan de cuenta que esto es como los primeros minutos de Fight Club, por ejemplo.
Obviamente, empezaré por el principio: una semana y pico atrás, cuando…


1-Kat Dennings

… cuando estaba en el gimnasio, practicando kickboxing con una bolsa de arena. Prefería pelear contra gente, pero o temían perder o me dejaban ganar por lo bien que los garchaba. Quienes hacían lo segundo se quedaban mirándome dar piñas y patadas. Como Bugs y dos boludos más, en ese momento. Solían prendérseme peor que los abrojos. Que de fondo sonara “Higher Ground”, de los Red Hot Chili Peppers, debía ponerlos más al palo.
—Está sonando tu Sony Ericsson —escuché decir a Bugs.
Le pegué una última patada a la bolsa, lo miré.
Bugs sostenía mi celu. Con esas sonrisitas, él y las otras dos locas me provocaron náuseas.
—Estoy pensando en cambiar de gimnasio —dije, bien mala onda, y le arrebaté el Sony. Había un mensaje de mi amigo Matt, queriendo saber cuándo podría pasar por casa a buscar la edición en blu-ray de Scott Pilgrim Vs. The World. Mientras leía, los maricones no dejaban de admirar mis músculos y mi abdomen, transparente porque el sudor pegaba la remera al cuerpo.
 —¿Alguna cita? —dijo Bugs, ahora sin sonreír.
Cuando cogés con alguien estando borracho o drogado, a veces cuesta sacártelo de encima. Bugs no valía la pena ni para presentarle a mi Bowie.
Me di vuelta, llamé a Matt y le dije que tenía la copia encima (retirada de la Aduana unas horas antes) y que nos encontráramos en algún lugar en media hora.
 —¿Por dónde andás? —le pregunté.
—Sigo en la facu —dijo—, pero en un rato salgo y voy para Master Shopping, por el festival.
—¿Qué festival?
—El IndieFilmFest. ¿No viste la propaganda?
No, no la había visto, pero me sonaba para el culo. Salvo algunos casos, las películas independientes era un embole. Estar cerca de un festival así me producía asco.
Aunque peor sería si me quedaba con Bugs, sus mariconas amigas y el resto de los tipos y minas que fingían no mirarme mientras hacían fierros.
—Nos vemos ahí a las seis. Chau.
Corté y me dirigí al vestuario.
—Lucky… —dijo Bugs.
—I know: falta como una hora para completar la rutina, pero terminé acá, ¿okey? ¡Y ni se te ocurra seguirme a las duchas!

Llegué diez minutos tarde al Master Shopping. Matt —puntual a niveles ridículos— estaría dando vueltas por el hall de Hoyts, puteando, con ganas de golpear a quien se le cruzara (mentira: era más bueno que Lassie mutilado). En un mensaje que me había mandado hacía pocos minutos, quedamos en encontrarnos allí. Yo siempre llegaba tarde, a veces a propósito, para gozar viéndolo histérico, y a veces sin querer, y obvio que nunca le daba explicaciones.
Pero no estaba en el hall.
Como no sé quedarme quieto, fui al baño. Seguro le agarraron ganas de mear, pensé. Apenas entré, nadie a la vista. Las puertas de los box, abiertas… salvo las tres más lejanas. De la última podía ver dos pares de calzados, los jeans arrugados por lo caídos. Sabía que Matt no era uno de ellos porque: 1) ni a palos usaba Adidas de marca, y 2) sólo le gustaban las minas.
—Pueden seguir, chicos —dije, y me fui.
Caminando por el hall, quedaba claro que habría un IndieFilmFest: banners en las paredes y colgando del techo, clips cortitos en las pantallas LCD donde pasaban trailers… Hasta en el culo de los boleteros debía haber publicidad. No era nada inspirado el arte: letras blancas, cursivas, pegadas, sobre fondo celeste, y punto.
Si al diseñador le habían encargado un trabajo sobrio, no muy llamativo, se le fue la mano mal.
En lugar de afiches de los estrenos comerciales había posters de las películas que proyectarían en el festival. Algunos tenían onda, por el diseño y los colores y cosas así, pero la mayoría daba lástima: apenas fotogramas —imágenes de personas comunes y corrientes—, con el título y los créditos, y a veces sin fotogramas. Seguro reflejaban lo insoportablemente aburridas que serían esas pelis. Lo mismo que con el logo: menos diez de creatividad para venderte un carajo.
No sé si lo conté, pero puedo hablar con propiedad: soy cinéfilo y me comí garrones con boludeces en blanco y negro, casi sin diálogos ni personajes ni historia ni una mierda. Antes me quedo con pelotudeces como Transformers: por lo menos hay autos, Megan Fox y chongos deseables. Pero como diría Matt: “Lo ideal es cuando se juntan las ideas arriesgadas e intelectuales con el entretenimiento. Cuando eso pasa, surgen obras maestras: Casablanca, Citizen Kane, Jaws, The Dark Knight…”
Cerca de mí, un flaco de mi altura, casi tan rubio como yo, se quedó mirando el horrendo afiche de algo titulado Naturaleza.
—Una pedorrada estos posters —le dije—. Y todavía me quieren hacer creer que el cine independiente es una gloria.
El flaco me miró, serio, y se dio media vuelta.
—Sí, yo también quisiera matar a alguien —dije en voz baja. Saqué mi Sony Erickson y llamé a Matt. Me atendió la vocesita esa diciendo “El cliente tiene el celular apagado o fuera del área de cobertura”, blablablá, la concha de su madre.
Fui al patio central, dominado por la Mesa de Informes del IndieFilmFest. Pibes y chicas, luciendo camisetas del evento bajo un enorme cartel ubicado de manera vertical, atendían a quienes se acercaban. El 80% de quienes consultaban unos cuadernitos celestes debía tener entre 20 y 35 años, y seguro estudiaban cine, porque vestían como Matt y sus amigos: remeras con dibujos de Woody Allen y de Scorsese y de A Clockwork Orange, jeans raídos, camisas a cuadros, anteojos… El look grunge de los pendejos nunca me cerró, ni siquiera en los ’90, pero las minas estaban de diez. Ahí también tenía razón Matt: en el mundo del cine abundaba el buen material femenino. Las había clásicas, fashion, casual, darkies; de pelo largo, cortito, con trencitas; todas tenían estilo y belleza. Aunque tampoco era para volverse loco, por lo menos en mi caso. Les faltaba ese plus indispensable para querer encararlas.
De hecho, ni siquiera quería mezclarme con esos enfermitos de las pelis. Iban en parejas o en grupos que no paraban de hablar entre sí, y luego de agarrar lo que parecían grillas de programación, se sentaban en un amplio sector recreativo, con sillones blancos y carteles del festival, o en los bancos ubicados en los costados.
Escuché que una mina le decía a otra que si alguien filmara una peli sobre su vida, el director sería Jarmush. Una de las amigas dijo que, en su caso, sería Godard.
¡Qué predecibles! Si mi vida tuviera que ser filmada, elegiría a Danny Boyle o a Baz Luhrmann o a una mezcla de ambos. Esos tipos sabían hacer cine con toda la onda.
Sí, con Matt me alcanzaba y me sobraba en materia de cinéfilos incontrolables.
Matt, que seguía sin aparecer.
Tendría que haberle dicho de encontrarnos en mi casa, como habíamos hablado al principio. Y podría haber aprovechado el tiempo para seguir practicando con la bolsa de arena de mi gym privado, al ritmo de “Falling the Pieces” de Faith No More. ¡Cualquier cosa menos el fucking Bugs y estos nerds!
Saqué mi Blackberry y estuve por twittear: “Este lugar apesta y a Matt le voy a meter el blu-ray por el culo”, pero noté que casi todos estaban a full con sus Blackberry, como zombies, y me sentí tan patético que guardé al aparato.
—Peliculón.
Miré a mi derecha. El pendejo tendría dieciséis años y rulos colorados.
—¿What?
Scott Pilgrim.
Había visto el blu-ray que sostenía como un boludo. Para colmo, por los parlantes sonaba “Smile”, de Lily Allen.
—¿Qué escena te copó más?
La cereza del postre: un freak hinchapelotas.
—A mí me mata cuando Scott lucha contra el rubio —movía mucho las manos al hablar, cosa que me ponía nervioso—. Brandon Routh es un muerto. Pero toda la peli es sublime.
 En la remera del pibe se leía, sobre fondo negro, Filmatrón. ¿Sería una peli como Scott Pilgrim?
—Dudo que en este festival o lo que sea den algo tan grosso como esta peli, ¿y vos?
—Ni idea —dije, mirando a todos lados, intentando localizar a Matt y pensando que a veces era un imán para la gente extraña—. No pienso ver nada. Le doy esto a un ahora ex amigo y no vuelvo más por acá.
—¡Mejor! Este festival es una mentira. No sé si leíste o viste algo, pero no van a dar cine independiente posta. La mayoría de las pelis costaron más de un palo verde y actúan estrellas de Hollywood y las bancan Fox o Universal o productoras así. El verdadero cine independiente está hecho con dos pesos (con dos pesos del bolsillo de los que las filman) pero con toda la pasión. No están ni Brad Pitt ni Robert Pattinson, pero hay actores con más garra que hacen lo que esos pajeros nunca harían.
¡Matt y la puta que te parió!
—Ojo, no siempre fue así en el IndieFilmFest. Los directores anteriores le daban cabida a las pelis under de verdad, y sobre todo a las de género. Proyectaban cine de terror, ciencia-ficción, policiales, pelis divertidas, ¡y en la competencia! También se hacían retrospectivas de capos como George Romero, Darío Argento... Pero echaron a esos directores y el nuevo es un snob, un tilingo mal. Lo único que le importan son los “films” orientales, iraníes, las francesas que no cuentan nada… ¡Una mierda! Este año hacen retrospectivas de Win Wenders, del forro de Lars Von Trier... Y cree que con programar algo de Takashi Miike deja contentos a la gente de mi palo. Ni las funciones de Trasnoche quiero ver: van a dar las pelis chinas y coreanas menos buenas. Tengo la teoría de que al director nuevo y sus programadores piensan que por tener un ponja con un cuchillo en vez de un yanqui, la peli es más artística. ¡Puaj! Hay pelis y distribuidoras y festivales independientes independientes, como el Inusual, pero esto es un antro de caretas.
¿Me habrá visto cara de psicólogo?, pensé. Aunque debía admitir que no me estaba cayendo mal el pibe. Tenía actitud, hablaba bien. Yo compartía su modo de pensar, pese a que el cine de terror me era indiferente.
—Si odiás todo esto —le dije—, ¿por qué viniste? ¿Sos masoquista o algo así?
—¡Lucio! —le gritó uno de los pibes de la organización, junto a un equipo de filmación compuesto por una cámara de video vieja ubicada en un trípode—. No jodas a la gente y ponete a laburar.
—Ahí está la respuesta —dijo Lucio—. Mi primo trabaja acá. Un boludo. Y encima me trata como si fuera un bebito. Pero me deja filmar para el backstage. Mirá, es una poronga esa cámara, una antigüedad repesada, pero me la voy a robar para filmar mis propias cosas. Y además, quiero estar en el IndieFilmFest.
Reí y dije:
—Sí, sos un masoquista, man.
Él también rió y dijo:
—No, no, nada que ver. Lo que pasa es que… —bajó la voz—: … estoy saboteando todo. Ya empecé hace unos días, hackeando la página web y jodiendo los carteles pegados cerca del shopping. Tienen que cambiarlos a cada rato.
Recordé que, cuando estaba por ingresar al estacionamiento, vi dos propagandas del festival con la palabra “Indie” tachada con una X roja.
—Es mejor sabotearlo desde adentro. Nadie va a sospechar así.
—Suma que tengas cara de nene buenito —me hice sonar el cuello—. Mejor que sigas filmando. Good Luck.
Estaba por irme a la mierda (ni vidrieras quería ver ya), cuando la vi entrar por las compuertas de vidrio.
Era igual a Kat Dennigs. Una Kat Dennings de labios finos, más hermosa incluso. Se dirigía a la Mesa de Informes al tiempo que comenzaba a sonar la viola de Santana en “Smooth”.
Obviamente, fui tras ella.
En el camino, me tomé mi tiempo para verla detenerse junto a la mesa y hojear una grilla o lo que fueran esos cuadernitos celestes. Usaba botas de cuero negro y una remera naranja que le quedaba sorprendentemente bien. Si se topan con una mina le iba cualquier ropa o peinado o maquillaje, jamás la dejen ir. Casi todos le mundo allí debía pensar lo mismo: ni siquiera las chicas habían dejado de mirarla.
Me puse a su lado, apoyé el codo en la mesa y dije:
—Wow.
Me miró. Adoraba los ojos azules, sobre todo si se complementaban con una cara como aquella.
—¿”Wow” qué? —dijo, no muy deslumbrada.
—Ya están las grillas de programación —recién ahí, de tan cerca, pude notar que los cuadernitos era eso—. Qué rápido.
—Están desde el lunes.
—Yo llegué hace unas horas.
—No sonás extranjero.
—No, pero estuve de viaje y llegué a tiempo para el festival.
Sí, yo siempre tenía una respuesta a mano.
—Mirá vos —dijo, y volvió a consultar la grilla.
Ni mi aspecto físico ni mi encanto la habían impresionado. Hacía mil que no pasaba eso con nadie.
—Soy periodista —seguí inventando.
—Ajá —pasaba las páginas de la grilla.
—Del The New York Times.
Me miró otra vez, hizo una mueca similar a una sonrisa y dijo:
—No me jodas.
—Posta. Soy corresponsal.
—¿Y tu acreditación?
—¿Mi acreditación?
—Sí. Seguro debés estar acreditado.
—Ah, sí. Todavía no la pasé a buscar. ¿Vos sos periodista o algo así?
—No sé muy bien —cerró la grilla, la guardó en su cartera—. Escribo para una revista, pero no me acreditaron. Bah, los directores dijeron que me conseguirían una, pero no supe más.
Sonrió como quien oculta un fastidio, pero así y todo era una sonrisa que te cautivaba.
Sí, tenía mucho de Kat Dennings, sobre todo en Nick and Norah (por suerte, lo único que yo tenía de Michael Cera consistía en su foto del blu-ray). También había algo de Marion Cotillard, y me recordó incluso a Cris, mi primera novia, y —sobre todo por la actitud— a Claire, mi amiga francesa.
Debo tener un fetiche con las minas así.
—Yo te puedo conseguir una acreditación —dije.
—¿Vos? Si no nos conocemos.
—Nos estamos conociendo ahora —miré bien su remera: se veía una cara dibujada, de pelo y cejas blancos, y debajo, las palabras “Fire, Walk with Me”—. Por cierto, muy buena la remera.
Sonrió un poco más y dijo:
—¡Gracias! Amo a David Lynch, y el que hizo esta remera también es un genio.
—Sí, un grosso Lynch, aunque confieso que no lo adoro tanto.
En medio de tonelada de mentiras, conviene decir alguna verdad. Es parte de mi estrategia de seducción.
—Para mí es lo más —dijo ella-—. Sus pelis son magia pura. Tienen una lógica aparte, y las cosas y las personas nunca son lo que parecen ser.
—Totalmente. Ojo, algunas de sus pelis me caen bien, como Wild at Heart y…
Se nos acercó una gorda vestida de negro; casi un calco de Lauren, la de Glee. Saludó a la símil Kat y sin mirar a nadie (ni siquiera a mí) dijo:
—Te estuve esperando, nena. Cuánto jeropa por acá, eh.
—Como en todos lados, baby.
—¿Y, te consiguieron la acreditación los idiotas de tus jefes?
—No los vi todavía. Capaz que…
—Yo le voy a conseguir una acreditación —dije.
La gorda me miró y dijo, cortante.
—¿Y vos quién sos, nene?
—Un periodista importante, dice —intervino Kat—. Che, tomemos algo en Brioche Dorée y marquemos las pelis.
Perfect —dijo la gorda, y empezó a alejarse. Kat la siguió.
—En serio te consigo la acreditación, eh —le dije.
—Como quieras.
—¿Para qué revista escribís?
—Cinema Qualité.
¿What? Ese nombre es más maricón que Bugs y sus locas amigas.
—Cool —dije—. Ah, por cierto, yo soy Lucky, ¿y vos?
Kat me miró con esa sonrisa torcida de antes y dijo:
—Buena suerte.
La gorda también se dio vuelta para mirarme, como queriendo hacerme mierda con rayos láser invisibles, y, sin dejar de caminar, se puso a escribir en su Blackberry.
Me limité a sonreír.
Vi a Matt cruzando rápido el patio, hacia mí.
—¡Mil disculpas! —dijo, agitado—. Salí tarde y mi celular se quedó sin carga, por eso no pude lla...
—Todo bien, man.
—¡Gracias por la peli! ¿La viste? ¿Te gustó?
—Es para nerds como vos y casi todos los que están por acá —le di la peli, que él guardó en su bolso negro—. Voy a acreditarme para el festival.
—¡¿QUÉ?!
—Sí, voy a acreditarme. ¿Adónde tengo que ir para hacerlo?
—A las Oficinas de Prensa, pero…
—¿En dónde están?
—Arriba, en el entrepiso.
—Vayamos para allá.
—Bueno. De paso, aprovecharé para retirar m acreditación.
Seguimos hablando en el camino y cuando subíamos por las escaleras.
—Mirá que ya no hay tiempo para acreditarse —dijo Matt—. El tiempo para hacerlo venció hace dos semanas y el festival empieza mañana.
—Pero con hablar no perdemos nada.
—No entiendo. Si odiás el cine independiente y este festival, ¿Por qué de pronto te querés acreditar?
—Tengo mis motivos.
—¿Es por algo en especial? ¿O por alguien?
—Cuando querés sos muy observador, Matt.
—¿Un chongo?
—Una mina.
—¿Una mina? ¿Pero a vos no te gustan los tipos?
—A mí me gustan muchas cosas. Creí que lo sabías.
—Pero últimamente estabas más con hombres. ¿Qué pasó? ¿Tan buena está esa chica?
Llegamos arriba. Apenas subimos, dos mostradores vacíos, con monitores modernos. A los costados, pasillos con afiches en las paredes blancas y mesas con sillas altas y sillones. Casi oculto, un barcito también desierto. Por todos lados, el anticreativo logo del IndieFilmFest.
Seguí a Matt por el costado izquierdo, hasta llegar a la Sala de Prensa, una habitación repleta de notebooks que seguro serían usadas a partir del día siguiente.
Matt y yo esperamos junto al mostrador.
Sólo otras dos personas cerca de nosotros. El rubio, un clon de Aaron Eckhart, aunque sin presencia. El otro era alto, pelado y con cara de tonto. Siguiendo con el juego de los parecidos, podíamos encontrarle ciertos rasgos de Arnold Vosloo. Un garrón parecerse al villano de The Mummy.
Matt se detuvo antes de llegar hasta donde estaban ellos.
—Mis viejos amigos —dijo, irónico.
Aaron y Vosloo miraron hacia nosotros, pero enseguida se fijaron en los afiches.
—Qué raro, haciéndose los boludos.
Nunca había visto a Matt contener el enojo, porque jamás estaba enojado.
—¿Enemigos? —dije—. No sabía que alguien como vos podía tenerlos.
—No, nada que ver. No son nada. Sólo los directores de una revista para la que escribía. Gran revista, lástima esos dos…
Los miré bien. El calzado de uno era el mismo o parecido al de uno de los tipos que garchaban en el box del baño.
—¿Qué te hicieron, man?
—Para empezar, escribí como tres años ahí y nunca me pagaron.
—¿Y no te quejaste?
—Les mandé mails, los busqué, pero nada. Se hacían los distraídos.
Le palmée el hombro y dije:
—Sos un pelotudo, sabelo.
Una mujer de cuarenta y pico, muy elegante, porte de rectora exigente, salió de una puerta al fondo de la Sala de Prensa y pasó rápido junto a nosotros.
—Esa es Paula —dijo Matt, la Jefa de Prensa. Con ella tenés que hablar. Pero ojo que es media jodida.
Sería pan comido: pude notar cómo había desviado su mirada hacia mí.
—Nos vemos, colega —le dije, y fui tras la jefecita.

Como dirían en el mundo del cine, corte a esa misma noche, en el departamento de Paula. Más precisamente, en su dormitorio.
Había resultado insaciable: me la cogí tres veces por los lugares que se les ocurra, y quería más. Por lo menos, era un pedazo de mujer. ¿Y si la Jefa de Prensa resultaba ser una viejita o viejito? También tenía el speech preparado: “Tengo cáncer, me quedan unas semanas de vida y siempre fui cinéfilo. No quiero perderme este festival, balablabla”.
—¿Entonces ya estoy acreditado? —le dije, jugando distraídamente con uno de sus pezones.
—Claro, bombón —dijo, sonriente, la cabeza apoyada a centímetros de mi verga.
—Así me gusta, putita.
—Eso sí: nunca me dijiste tu nombre completo.
—Nunca lo revelo. Pero poné el que uso en Facebook: Lucas Albarn.
—Agendado. A los acreditados les damos dos entradas por día, pero yo te puedo conseguir más.
—¡Joya!
Detrás de Paula, entre las sábanas revueltas, apareció su asistente. Parecía una adolescente, pero sus documentos —y, sobre todo, su talento para el sexo oral a personas de todos los sexos—, debían indicar un poco más de años.
—Hablá conmigo sobre eso —dijo—. Yo manejo el tema de las entradas.
—Okey.
Se llevó una mano a la concha y agregó:
—Contá conmigo para todo lo que necesites.
—No me cabe ninguna duda —y le di unas palmadas en el culo.
—Y si querés entrevistar a alguien —dijo Paula—, te consigo al que quieras, incluso a Lars Von Trier.
—¿Lars Von Trier? —dijimos la asistente y yo al unísono.
En la otra punta de la cama, debajo de más sábanas revueltas, apareció el segundo asistente de Paula: un flaquito demasiado pasivo para mi gusto.
—¿Lars Von Trier? —repitió él también, acomodándose un mechón.
—Sip —Paula prendió un cigarrillo, le dio una pitada—. Lo de Gaspar Noé se cayó, pero me moví rápido y hace unas horas Von Trier me confirmó que llega mañana.
La asistente dijo que lo amaba. El pibe, todo lo contrario.
—Yo nunca vi nada del tipo —dije—. Ni siquiera Dancing in the Dark, pese a lo que adoro a Björk.
—¿Y lo de Álex de la Iglesia? —dijo la asistente—. Eso también se había pinchado.
Paula le pasó una mano por el pelo y dijo:
—También lo solucioné, pero hasta ahí: viene un director árabe que presenta un documental sobre no me acuerdo qué poronga de las montañas.
Sí, era poco común presenciar charlas de trabajo en medio de sexo duro.
—El qué si está confirmadísimo es Benjamín Biolay. Va a tocar el sábado.
Quiere ser el nuevo Gainsbourg y me debe plata, pero cae bien.
—Puede ser —dijo la asistente, también manoteando el cigarrillo—, pero a nosotras nos encanta.
—A mí también —dijo el chongo.
Paula añadió:
—Es posible que venga, pero a último último momento, un tipo más grosso que Biolay y que los demás boludos —se acarició una teta, sonrió y dijo—: Vincent Gallo.
Los asistentes saltaron y festejaron en la cama igual que dos nenitos durante Navidad.
—¿Mi amigo Vince? —dije, y le saqué el cigarrillo a la pendeja y di una pitada—. ¡Cool!
De verdad éramos amigos, pesé a que en aquel viaje a Paris me había quedado debiendo quinientos euros.
El IndieFilmFest no sería Cannes, pero evidentemente tenía lo suyo. Muchas películas, celebrities internacionales...
... y Kat, o como se llamara. No había dejado de pensar en ella ni cuando penetraba al pibe.
El rechazo (¿fingido?) de Kat había potenciado mi interés. No estaba acostumbrado a que hombres y mujeres se resistieran a mí. Siempre conseguía lo que quería, y de una, y eso termina siendo booooring.
De vez en cuando, los desafíos son indispensables, sobre todo para alguien tan inquieto como yo.
Será una fascinante aventura conquistar a Kat.
Si alguien se atrevía a interponerse... más interesante el juego.
Y, de paso, sabría lo que significaba cubrir un festival de cine. Bah, todos sabemos que no escribiré un carajo, pero estaba dispuesto a exprimirle el jugo.
—Quiero una acreditación más —dije.
—Te doy la cantidad que quieras. ¿Para quién es?
—Para una amiga.
—¿Es tan putito como nosotros?
—Todavía no lo comprobé. Mañana te paso bien los datos.
—¿Sabés una cosa? —me dijo el asistente—. Aunque apenas te vi dije que eras parecido a DiCaprio...
—... como me dice todo el mundo, bah.
—Pero te parecés más a Chris Hemsworth. A cara lavada, especialmente.
Lo miré mal y dije:
—Mataste mi libido.
—Dudo que alguien mate tu libido —y el tarado empezó a coger con la pendeja.
Paula se puso en cuatro y dijo, cual bebota:
—¿Retomamos, Lucky?
—¿La prensa de todos los festivales será como ustedes? —dije, apagué el cigarrillo en la mesa de luz y obvio que seguimos con esa especie de fiesta de bienvenida.


Continuará...


Para contactar a Lucky, vayan a... 




viernes, 28 de enero de 2011

Marky Mark


Estaba en Relax (La disco gay de moda, según mi amiga Div), y estaba levantándome un chongo estilo caribeño, cuando me fijé en él.
Incluso desde esa distancia, a la luz de la barra donde seguro quería pedir un trago, con el campo visual muy tapado por las locas que iban y venían, noté que se parecía Mark Walhberg.
Le dije al caribeño que lo vería en un rato y fui tras Marky Mark. Obvio que debía ser mío.
A medida que me acercaba se volvía más hermoso, más atractivo. Se parecía al Mark Walhberg de esa peli donde acosaba a Reese Whiterspoon, sobre todo. Vestía ropa del mismo tono (camisa beige, pantalón marrón, zapatos seguramente marrones también). Según esos rasgos juveniles, no debía tener más de 25 años. Por cómo movía la cabeza al ritmo de Duran Duran —sonaba “Notorious”— y por la manera de hablarle al barman, no era amanerado como quienes bailaban y se chuponeaban y se tocaban a nuestro alrededor. No parecía puto, o no se comportaba como tal. ¿Sería bi, como yo? ¡Perfecto! Estoy un poco harto de las locas locas. Desde que también había empezado a mirar hombres que nadie me flasheaba así.
Se le arrimó un blondo ultracomible; le dijo algo al oído, le pasó una mano por uno de esos fornidos brazos. Pero Marky, sonriendo, respondió con una frase corta (que no pude escuchar por la música al palo, obvio), y el chongo se fue rápido, haciéndose el indiferente.
Difícil el pibe… pero “difícil” nunca significó un carajo para mí. Además, todavía me confunden con DiCaprio, sobre todo cuando viajo a Nueva York y Los Ángeles y en varios países de Europa. Sólo a los frígidos no les cabe DiCaprio. Y, pese a su actitud, Marky no parecía frígido. Ni ahí.
¿Y si andaba acompañado por su pareja o por amigos? Tampoco me importaba. Sabía cómo deshacerme de noviecitos y de las prototípicas pendejas gay friendly que la van de cool.
El barman le sirve un Sex on the beach.
Uno de mis tragos de cabecera. ¡Hasta en eso coincidíamos!
Lo tenía en bandeja de oro, condimentado, humeante.
Aunque jamás fui un enfermo de las redes sociales, se me antojó sacar mi celu y mandar a mi Twitter: “Marky Mark”. I know, antes de capturar y devorar a la cebra, el león no se cuelga con el Twitter, pero yo no soy un león.
No un león, pero sí fui un tarado: cuando levanté la mirada, un anteojudo entrometido le hablaba a mi Marky. Lady Gaga pensaba como yo: comenzó a sonar “Bad Romance”.
Bueno, ahora es cuando lo mandás a la concha de su hermana, Marky, pensé.
Pero Marky no sólo siguió escuchando al Otro: también se reía de los chistes o comentarios del fucking entrometido. ¡Y hasta le convido de su Sex on the beach! ¿Sería un amigo o pareja? No, nada de eso. Era evidente que acababan de conocerse.
Encima el Otro no era ningún Brad Pitt. Pelo castaño, camisa negra, jeans gastados, fucking anteojos. Por su contextura física debía practicar rugby. Siempre odié a los rugbiers. Había visto miles de esos tipos en discos gays de todo el mundo, pero ese tenía cero onda desde el vamos.
Mental note: si Marky no lo echa a la mierda, lo haré yo.
Alguien me tocó el culo. Miré atrás.
No recordaba el nombre de ese clon de Andy Bell de los ’80 que sonreía como un boludo, pero me acordaba de habérmelo comido por lo menos una noche. Una noche en la que yo había estado puesto mal, seguro.
—¡Bugs! —dijo a los gritos con una voz chillona.
—¿Eh?
—¡Por Bugs Bunny! Si vos me pusiste este apodo.
—Ahh, cierto. Mirá, estoy apurado. Nos vemos…
Pero Bugs me agarró del brazo y dijo:
—No me llamaste más.
Uff, estoy harto que escuchar siempre lo mismo: “No me llamaste más”.
—Ando a mil. Otro día te llamo.
—Pero dale. Mirá que sigo teniendo el mismo BlackBerry.
—Okey, te llamo.
—O escribime por Facebook.
También odio el “Aceptame como amigo en Facebook” o “Seguime por Twitter” o alguna mierda así. ¡Sí, en ese momento odiaba las redes sociales, GRRR! Ojalá mi Marky no fuera otro adicto a esas boludeces.
Pero volví a mirar hacia la barra y ya no estaba. Ni él ni el Otro.
What the fuck?
Apreté los dientes, cerré un puño, quise agarrar a Bugs y… Pero no perdí tiempo y me puse a buscar en las pistas, cerca de otras barras, en el sector de los sillones, en el VIP.
Ni señales de ambos, la concha de la lora.
Corrí a los baños, esperando sorprenderlos abotonados como animales. Vi garchar a varias parejas, pero no a ellos. Sin dejar de ser cogido por el blondo que había ido por Marky, el chongo caribeño que quise levantarme minutos atrás me invitó a la fiestita.
—Otra noche —dije, y salí.
Volví a buscar donde antes. Nada, sólo miles de locas haciéndole caso a David Bowie y su “Let’s Dance”.
Al final, mi Marky resultó más fácil que el 90% de las locas de Relax y de casi cualquier disco, la puta madre...
En esa situación, cualquier otro pensaría: “Ya fue. Vos te lo perdés”, y se pediría un trago en la barra más oculta y fumaría y saldría en busca de un nuevo tipo con quien pasarla bien un rato o seguro volvería al baño y aceptaría la invitación del blondo y del caribeño al que casi me había levantado.
Sí, cualquier otro se conformaría con poco.
Mi nombre no es Cualquier Otro. Si quiero algo, no me detengo hasta conseguirlo. Y más si ese algo se parece a Marky Mark. Sépanlo.
Salí de Relax. Desde la entrada miré a todos lados, pero ni los vi, pero supe que habían pasado hacía poco: tirado en la vereda, el vaso con restos de Sex on the beach formando un charco multicolor.
—¿Te dejaron afuera del trío? —me dijo, haciéndose el gracioso, uno de los patovas que vigilaban la puerta—. Fueron al callejón de acá atrás.
Fui hasta allá. Oí que el otro patova decía:
—Apurate, que ya debe haber empezado la fiestita.

Apenas doble la esquina los vi caminar junto hasta los autos estacionados más al fondo, donde casi no había luz y apenas se escuchaba la música de Relax (Bowie había dado paso a algo que sonaba como Pet Shop Boys). Controlé que no hubiera ningún trapito del orto y seguí a la pareja feliz, escondiéndome entre vehículos de las marcas importadas que se les ocurran. Obviamente, evité tocarlos para no activar posibles alarmas.
El Otro le puso una mano en la cintura a Marky, quien hizo lo mismo y se dejó abrazar y chuponear.
Me contuve de darle un puñetazo a la ventanilla del Rover en el que me ocultaba.
—Acá mismo —le decía Marky al Otro, mirando a su alrededor, amagando con desabrocharse el pantalón.
—Me leíste la mente —le respondía el imbécil con una vocesita de mierda, haciéndose el simpático.
—¿Y si nos descubren?
—Más interesante todavía, ¿no?
—Es obvio que jugamos para el mismo equipo.
—Para el equipo de los ganadores.
Y se chuponearon de nuevo.
¡Son dos pelotudos a cuerda!
Marky comenzó a desabrocharle los botones del jean y dijo:
—Me lo imagino largo, como de dieciocho.
El Otro sonrió y respondió:
—No lo vas a poder creer.
Marky se bajó los pantalones, dejando ver un culo firme y blanco —lo único blanco en ese apestoso callejón—, y se puso en cuatro, las manos cerca de dos cosas oscuras y feas que no podían ser otra cosa que soretes.
—Cuando gustes.
Pero el Otro ni siquiera se desabrochó los jeans. Y casi al mismo tiempo que en Relax sonaba “Two Tribes”, de Frankie Goes to Hollywood, sacó una navaja que brilló como en las películas, se ubicó detrás de mi Marky, listo para degollarlo…
Salté de mi escondite, corrí hasta ambos, agarré al Otro del brazo, quise sacarle la navaja, el idiota pudo liberarse y quiso apuñalarme, lo esquive una, dos, cinco veces, le saqué el puñal de una patada de karate, cuando quise patearlo de nuevo me agarró y me tiró contra la pared, y choqué contra algo filoso y contuve el grito y el Otro me agarró de la garganta con las dos manos para ahorcarme mierda que tenía fuerza pero casi sin aire conseguí darle un puñetazo en el estómago y cuando se dobló lo empujé y se le cayeron los anteojos y tosí y respiré hondo y vi que el puto de mierda gateaba hasta la navaja pero llegué y se la patee y ahí me mordió la pierna y me dio una piña en las bolas y grité y me tiró al piso y me dio una piña y otra y otra y le clavé las uñas en los ojos hasta hacerlo chillar y me lo saqué de encima y pude levantarme rápido y lo pateé en la cabeza y en la espalda lo pateé lo pateé lo recontrapateé hasta que el hijo de puta dejó de moverse y sangraba como el fucking Porky después de la golpiza de su vida y pude haberlo matado ahí mismo...
Quedé agotado. La camisa se me pegaba al cuerpo por la transpiración y sangraba por una herida en el labio. Y ya se formarían algunos hematomas. Menos mal que nunca dejé de ir al gimnasio ni de practicar karate, pensé.
A mi izquierda, Marky acurrucado encima de la mierda, la expresión de quien contiene un grito. Parecía el extraterrestre del aquel cuadro famoso. ¿El grito, se llamaba?
—Listo —dije con tono tranquilizador—. Ya no te va a molestar.
Le extendí mi mano.
—Ven conmigo si quieres vivir —dije, citando la frase de Terminator, y le guiñé el ojo.
Marky sonrió un poco, tomó mi mano, lo ayudé a levantarse… y lo desmayé de un cabezazo en la frente. Al caer se golpeó contra la pared y le quedó una herida sangrante en la sien.
Miré alrededor. No debí dejar la 4x4 tan lejos.

Marky, mi Marky, quedó tan noqueado que recién se despertó en mi casa, cuando le pinché la ingle con la punta de my best friend Dundee.
—Hermoso, ¿no? —dije, mostrándole la impresionante hoja del cuchillo—. Es el mismo que usaba Crocodile Dundee. Otro día te cuento cómo lo robé —giré la cabeza para mirar al Otro—. A vos también, man.
Ninguno de los dos respondió. Bah, no podían hablar con las mordazas que les había puesto. Tampoco podían hacer señas, ya que los había amarrado con cables gruesos, pero igual forcejeaban como si creyeran posible liberarse. Ah, antes de atarlos los había desnudado y puesto boca abajo sobre manteles de plástico. Obvio que estaban cagados de miedo.
Me acerqué de un salto hasta el Otro, le pinché uno de los glúteos con Dundee y le dije:
—Nunca te pregunté tu nombre.
Le saqué la mordaza para que pueda decir:
—S-Sergio.
S-Sergio —extendí una mano hasta sus jeans, saqué la billetera, revisé los documentos—. Sip, no me estás mintiendo. La mayoría se inventa cualquier nombre o apodo o algo así. Me tocó de todo: desde Bart Simpson hasta Superman. Ojo, está bueno que así sea, pero cansaun toque —me reí al recordar a algunos de esas chicos y chicas—. Igual, cada uno terminó ya sabés cómo, je.
Marky lloraba con fuerza.
—Don’t worry —le dije—, no te voy a preguntar el nombre a vos. Para mí sos Marky Mark, ¿okey? —Volví a concentrarme en S-Sergio—: Mirá, Sergito, por lo que noté, sólo ibas a degollarlo a mi Marky. ¡Y yo que pensaba que la gente poco imaginativa se la pasa quejándose por las redes sociales o haciendo Stand Up o pajeándose viendo porno o pajeándose en general, bah! —lo agarré de los pelos y seguí pinchándole la nalga hasta hacerlo sangrar—. Yo te voy a enseñar cómo se hace.
Lo solté, pero antes de ir con Marky, agarré los restos de anteojos y le dije:
 —No sé por qué los traje, si ocupan espacio —volví a ponerle la mordaza—. Pero sé dónde ponerlos.
Fui detrás de Sergito, le abrí esas angostas nalgas de rugbier hasta que el ojete quedó bien a la vista y empecé a introducirle los anteojos. Obviamente, el boludito chilló, pataleó, agitó mucho la cabeza.
 —Te falta girarla 360º, como Linda Blair —le dije, riéndome, y seguí metiéndole los anteojos por el culo. No paré hasta metérselo entero. Ni un rastro de montura asomaba por el ano de ese pelotudito.
—Por lo menos —le di una palpada en el glúteo derecho—, el ojo del culo va a ver nítido.
Fui hasta la Mac, al programa de música, y al toque empezó a sonar “Good Vibrations”, de Marky Mark & the Funky Bunch.
—La verdad —le dije a mi Marky, arrimándome junto a él—, no es un tema que me vuelva loco. Quedó joya el cover que hicieron en Glee. ¡No me digas que no ves Glee!
Marky apretaba la cara contra el plástico y lloraba chorreando mocos.
—Si no ves Glee o no te cave, es porque tenés un gusto de mierda. Y porque no tenés oído. Entonces para qué carajo tenés fucking orejas.
Y le escarbé los tímpanos con Dundee. Se agitó como si estuviera poseído por todos los demonios del Infierno.
—Así está mejor, ¿no? Ah, okey, cierto que no podés oírme.
Me colgué viendo cómo hilos de sangre le empapaban la cara. Pasé el índice y me lo llevé a los labios. ¡Ñam!
—Okey, no da para meterse con tu baby face, sorry —lo puse boca arriba, acerqué la punta de Dundee a su pija (si a esa cosita arrugada se le podía llamar así), y la pinché.
Mi Marky tembló, quiso gritar pese a la mordaza, casi se le salen los ojos de tanto que los abrió.
—Imagino que bien erecta debe verse y sentirse mejor.
Y lo pinché de nuevo.
Más temblores y llanto. Las lágrimas se le mezclaban con la sangre. Pasé la lengua por la mezcla. ¡Ñam ñam!
—Voy lento, i know, y vos sos de los que siempre quiere ir más rápido. Ya me di cuenta en el callejón. Bueno, te voy a dar el gusto.
Me fijé en sus pezones, el mayor atractivo de un pecho lampiño y un torso no tan trabajado como imaginaba. Los lamí, pero eso nunca era suficiente, así que, en medio de los forcejeos y gritos contenidos de Marky, los mordí fuerte hasta arrancárselos y, no pudiendo con mi genio, los mastiqué igual que si fueran chicles.
—Ni el verdadero Mark Walhberg debe estar tan delicioso —dije con la boca llena. Miré a Sergito—. ¿Querés un poco, man? —y le escupí los pezones en la cara—. Media pila, Sergito.
Me aburrí de la música. Apagué la Mac, agarré el control remoto del Aiwa y puse The Smiths.
—Bien ahí, eh, Marky —le dije, mirándole el culo, cuando empezaba a sonar “This Charming Man”—. Firme y gordo. I like —le mostré lo empinada que tenía la verga—. No lo voy a desaprovechar.
Me puse detrás de él, abrí las nalgas, escupí dentro y lo penetré, lo penetré varias veces, lo penetré como si fuera el Marky Mark posta...
Aunque no resultó nada del otro mundo. Se hipernotaba que habían pasado miles de pijas por ahí. Marky chillaba y pataleaba como si algún príncipe valiente gay pudiera venir a rescatarlo, okey, pero seguía siendo monótona la cosa.
—Okey, hagámoslo más interesante.
Saqué mi pene y lo reemplace por un cuchillo de hoja en forma de serrucho. 
—Me juego a que nunca tuviste uno así adentro.

Como notarán, el sexo convencional nunca me cautivó. Por eso siempre buscaba algo más... Más.
—Oh, yeah.
Mi Marky no opinó: estaba demasiado ocupado retorciéndose y sangrando y llorando igual que una nena. Hilos de vómito se escurrían por la mordaza.
Le dije a Sergito:
—Esto a Ted Bundy o a Patrick Bateman nunca les le hubiera ocurrido... O no le hubiera puesto tanta onda.
Pero el idiota seguía quejándose por lo que estaba presenciando y seguro también por la nueva ubicación que le había dado a sus anteojos. Era como un patético gusano lechoso, con rollos de grasa colgando, que quería reptar inútilmente hasta la puerta.
Dejé el cuchillo en el culo de Marky, empuñé a my best friend Bodhi (mi Kukri favorito) y fui tras el pelotudo.
—Te muestro algo más creativo y más copado que simplemente cortarle la yugular a alguien, y te querés escapar. Así no va, eh. Sos más amargo que Patrick Bateman.
Dejé a Bodhi en el plástico, me arrodillé junto a Sergito, liberé uno de sus brazos... 
—¡Un tipo o...
... y me agarró de la muñeca, apretando fuerte, como para triturarla, y me tiró sobre el plástico. Vi que giraba y empuñaba desesperado a Bodhi y se volvía hacia mí, boca arriba, y agitaba el arma. Esquivé un ataque y me levanté y él no paró de agitar a mi amado Kukri.
—Como cantaba...
Le tiré con uno de los parlantes del Aiwa, directo a la cabeza, pero lo esquivó con un rápido movimiento del brazo.
—... Como cantaba Tina...
Le tiré con otro parlante, pero también lo desvió.
—... Tina Turner...
Aburrido, saqué el hacha de detrás del placard, la levanté y le di en las piernas. Sergiro se retorció del dolor y soltó a Bodhi.
—... "We Don't Need Another Hero".
Recuperé a Bodhi y volví a agacharme junto al fucking Mel Gibson.
—Estaba diciendo que un tipo o una mina más inteligente daría lo que fuera por aprender algo de mí! Hasta una parte del cuerpo, darían —le extendí el brazo y, de un solo golpe con Bodhi, se lo corté—. ¿Algo para agregar?
Le quité la mordaza y lo puse boca arriba, pero el idiota apenas boqueó como un pescado mutilado y sangrante.
—Todos los rugbiers se hacen los bad guys, pero son unos cachorritos.
Y Bodhi me ayudó a decapitarlo. Más líquido rojo, más movimientos epilépticos... hasta muriendo aburría ese loser.
Me levanté de un salto y volví con mi Marky, quien al menos le ponía onda al resistirse un toque más.
—Cuando veníamos para acá —le dije—, me acordé de que Leonardo DiCaprio y Mark Walhberg son amigos en la vida real —le saqué el cuchillo del culo—. Incluso trabajaron juntos en The Basketball Diaries, una de drogas y todo eso —le pasé la hoja por las nalgas enrojecidas—. De hecho, DiCaprio iba a actuar en Boogie Nights, pero prefirió hundirse en el Titanic, que lo convirtió en una estrella, obvio. Pero recomendó a Mark para Boogie Nights. Qué importante, ¿no? —me reí—. Dale, que todavía es temprano, y ya no está ese cortamambo de Sergito.
Subí el volumen de The Smiths y me dediqué a pasarla joya con mi Marky.
Le corté el pene, los testículos, los glúteos, se los hice tragar, los vomitó, lo obligué a chupar sus propias asquerosidades, incluyendo la diarrea que brotó de la carne palpitante donde solía haber un culo...
Y así seguimos hasta que me aburrí. Me dieron ganas de tirarme en el sommier nuevo y ver otra vez Point Break en Blu Ray.
Levanté a Marky (si esa cosa pálida y mutilada y en carne viva entraba en la categoría de ser humano) y lo dejé en la bañera. No tardaría en desangrarse del todo.
—Ah, nunca me presenté. Soy Lucky. Sí, yo soy de los que usan apodos, jeje. Espero que te hayas divertido tanto como yo. ¡Y eso que lo de hoy no fue nada, eh!





¿Querés contarle al mismísimo Lucky qué te pareció el cuento? Contactalo por...