miércoles, 16 de mayo de 2012

Metal God: Soundtrack y referencias


El cuento "Metal God" incluye una potente banda sonora de música pesada. Aquí, los hits que son posibles de reconocer.







Lucky usa una remera de Judas Priest.


Aunque se la describe como una mezcla de Rose McGowan y Lisbeth Salander, Lita está inspirada en Lita Ford.


Eddie es por la mascota de Iron Maiden.



Y Red Bell, el boliche metalero donde transcurre la acción, existe y está bárbaro. Recomiendo que vayan.

De paso, un anticipo: el próximo cuento tendrá que ver con las últimas líneas de esta historia. ¡Estén atentos!

martes, 3 de abril de 2012

Metal God




Scream for mercy
He laughs as he watches you bleed
Killer behind you, his blood lust defies all his needs
Iron Maiden, “Killers”.

  “Welcome to the Jungle”, empezó a chillar Axl Rose por los parlantes cuando estaba por ingresar a Red Bell Saloon.
El guardia más petiso me palpó de cintura y de piernas.
—¡Grosa! —dijo secamente, mirando mi remera de Judas Priest, y me dejó pasar.
Bastaba caminar un paso para darse cuenta de que Red Bell era el antro heavy de la ciudad. Cuero, melenas, remeras de los grupos metaleros que se les ocurran, todos apretujados. Eran más de las 2 AM y apenas podías moverte. Vasos de litro de cerveza iban de un lado para el otro, y una flaca con blusa de Kiss casi me empapa. Miré al piso de arriba, donde las cosas andaban igual: hasta la manija de gente riendo, charlando (o tratando de charlar por encima de la música), imitando los pasitos de Axl. Los televisores, a full con videoclips.
Okey, tenía onda el lugar. Sabía apreciar a Pantera y demases, podía al respecto hablar con cualquiera. Ya lo dije: mis campos de interés son muy amplios.
Pero había ido allí por otro motivo.
Me abrí camino entre imitadores de Brett Michaels y de Slash —se notaba que esa parte del local era más hard rock y glam metal—, bordeé la barra y llegué hasta el fondo. Sobre una tarima, minas haciendo pole dance. Dos de ellas compartían un caño y, muy oportunamente, y para alegría de varios, aprovechaban para tocarse. Un barbudo se arrimó a la más culona y desvestida, pero justo un clon de Lemmy Kilmister lo frenó sólo con la mirada. Una de las pooldancers se distrajo mirándome y casi chocó con la compañera. Lemmy se dio cuenta y me clavó la vista. Las luces catódicas le daban un aire tenebroso para muchos, pero no para mí, obvio. Se volvió a las bailarinas y a los babosos que querían cogérselas.
En un costado las vi a las tres: Marysa (tremenda su remera de Black Sabbat), Lalo Hosen y Lady Oxana. No necesitamos acercarnos y saludarnos: un rato antes, por sms, Mary me había pasado el dato que precisaba. Y agregó: “También está arruinando Red Bell, así que dale duro”. Pero sólo había ido para ocuparme de un tema personal, no a hacer justicia. ¿Quién creen que soy? ¿Batman?
Pasé por entre los alzados que seguían pendientes de las chicas y fui a las escaleras que llevaban al subsuelo. La música llegaba hasta donde me encontraba. Música más rápida y agresiva, y los escalones eran iluminados por luces rojas. Por algo me habían dicho que allí sonaba heavy metal puro y duro.
Si hay una entrada al infierno, pensé, debe parecerse a ésta.
Bajé.

Apenas llegué, “Madhouse”, de Anthrax, te perforaba los tímpanos. Y todos, en la pista o fuera de ella, a la luz intermitente que venía de una pantalla gigante, hacían pogo y agitaban las melenas y levantaban las manos formando los cuernos metaleros. Me abrí paso entre ese quilombo, me esforcé en no ahogarme en ese aire viciado y repleto de humo. Giré a la izquierda, donde había otra barra, que irradiaba más luz roja…
Y, al tiempo que empezaba a sonar “More Human Than Human”, de White Zombie, di con él.
Nadie más allí se parecía a Dave Mustein ni estaba sentado en un sillón como un fucking rey ni se hacía el galán con una pendeja sentada en sus piernas ni tenía en cada costado una réplica de Zakk Wylde y una de Phil Anselmo.
Era difícil de localizar. Por lo que había averiguado, nunca se dejaba fotografiar y su nombre no aparecía ni en Internet. Pero manejaba negocios (era socio en Red Bell, incluso, y lo estaba arruinando, como dijo Marysa), y los manejaba con métodos considerados “mafiosos”. ¿Un Tony Montana en clave heavy?
También sabía que no soportaba pelotudeces de nadie, y todos le tenían un respeto ceremonial.
Una persona normal jamás se acercaría a ese monstruo.
Como ya saben, no soy una persona normal. Y puedo ser más monstruoso que cualquiera.
—Eddie —le dije, parado frente a él, alzando la voz.
Ni me miró: seguía entusiasmado con la pendeja, que se dejaba tocar las tetas. ¡Y con ese escote!
Zakk y Phil me asesinaron con la mirada.
Así que fui más claro:
—A Lita no le gustaría ver esto.
Eddie dejó de reír, soltó las tetas, me miró.
Zakk y Phil se me acercaron.
—Te vas —dijo Zakk. Admito que esos ojos podían intimidar hasta a las piedras.
Mantuve mi compostura, sonreí y dije:
—Relax, amigos. Sólo vengo a conversar.
—Odio conversar —dijo Eddie. Miró a sus chongos—. Adelante.
Zakk me atrapó del cuello de la remera, y noté que Phil cerraba los puños.
—¿Saben algo? —le dije a Zakk—. Son más altos que yo y que él —miré a Eddie—. Ustedes podrían ser algo más que lacayos o lo que sea. ¿Nunca lo pensaron? ¿No se les ocurrió querer ser alguien y que ningún boludo los maneje como títeres?
Noté que Phil se había quedado pensando, pero Zakk me agarró del cuello.
—Soltalo —ordenó Eddie.
Zakk lo miró, me miró a mí, bufó y obedeció.
 Eddie echó a la mina como si fuera un perro. Cuando quedamos los cuatro, se levantó dijo:
—Ya sé quién sos —aunque yo le llevaba una cabeza, me acomodó el cuello de la remera—. Aguante Judas, eh —sonrió—. Acompañame a mi oficina.

Lo seguí a unos diez metros, hasta su “oficina”: el baño de hombres, tan heavy metal como el resto del local. Sólo con su presencia sacó a la mierda a los tres que estaban allí. Uno estaba meando, pero voló igual.
Eddie trabó la puerta y se dio vuelta. Quedamos cara a cara, a unos centímetros de distancia.
—Quisiera hablar yo primero —dijo.
Y me dio un puñetazo en el estómago. Sabía golpear, el hijo de puta: me doblé y caí y casi me golpeo contra un mingitorio.
—¿Qué te pasa, Ricky Martin?
¡Ricky Martin! Por lo menos, no me comparaba con DiCaprio.
—¿Viniste a morir, pelotudo?
Vi que sacaba una navaja Mágnum Pocket Kukri.
Yo tenía una igual... pero en ese momento no la llevaba encima.
—Viniste a que te arranque la cabeza y te la meta por el culo, si te entra.

I know, se deben estar preguntando qué mierda pasa.
Les voy a contar rápido, así no se aburren. Es más, se los contaré como un cuento infantil. ¿Por qué? Porque quiero.
Había una vez un príncipe apodado Lucky, que frecuentaba el gym más popular del reino. Todos lo admiraban, y envidiaban por su porte y su carisma y su desempeño sexual. Princesas y otros príncipes podían dar fe del poder de su verga.
Justamente en el gym, una tarde, conoció a Lita. Era una princesa fuera de lo común: tetas grandes, tatuajes, remeras de Ozzy Osbourne y AC/DC, sensualidad, actitud… Una Lisbeth Salander en el cuerpo de Rose McGowan. Entre máquinas, mancuernas y bolsas de arena, Lucky y Lita empezaron una relación. Al principio se la pasaban garchando en vestuarios y otros lugares públicos donde podían descubrirlos, cosa que excitaba aún más a los dos. Luego se pusieron a salir y charlar, y descubrieron que la cosa iba en serio. Bah, el Príncipe Lucky lo creía así: ninguno de los otros príncipes y princesas —bellos pero frígidos y carentes de onda— lo había cautivado de verdad. Lita iba al frente, no se dejaba apurar, jamás se negaba a los besos negros ni a la penetración anal, y los piercings de la lengua y del clítoris contribuían a cogidas inolvidables.
Lucky se refería a ella como la Doncella de Hierro.
Y así fue que ambos… ¿se enamoraron? Algo por el estilo. Pero sí se pusieron de novios. Pese a tener una vida sexual más activa que la de cualquiera en el reino, el príncipe Lucky siempre se resistía a las relaciones serias. De hecho, no tenía novia desde la secundaria. Pero había quedado cautivado por la princesa Lita.
Durante un tiempo la pasaron de maravilla. Sexo, sexo, sexo, charla, sexo, sexo… Sí, también hicieron cosas de parejas normales, pero fueron pocas y siempre son aburridas hasta de contar.
Nic y Alan, príncipes amigos de Lucky, no podían entender esa química. Y él les decía: ‘La química no se explica, muchachos: se goza’.
Una noche, el príncipe la llamó al celu… y atendió otra persona. Una voz masculina. No, algo peor: una voz de ogro. Lucky pidió hablar con su princesa. Tras una pausa, la voz dijo que la Lita era su princesa y lo mandó a la puta madre que lo parió.
El distinguido Lucky no entendía nada. Se propuso hablar con Lita al día siguiente en el gym, pero ella no apareció. Y, aunque eran novias, no sabía dónde vivía. Pero eso no le impidió rastrearla hasta dar con su depto, también ubicado en la zona más elegante del reino. Era cerca de medianoche cuando, desde la vereda en enfrente, oculto detrás de unos arbustos, la vio llegar en la Harley Davidson conducida por uno de los ogros que moraban en los bosques. Más terrible aún fue presenciar el beso entre el ogro y la princesa, con toqueteo de culo incluido.
El príncipe dio con Lita cuando estaba sola y le preguntó qué carajo pasaba.
Ella bufó y confesó que, antes de estar con él, salía con Eddie, el más depravada pero respetado de los ogros, y que había decidido volver a sus peludos brazos, porque los monstruos musculosos la podían más.
Ofendido, el príncipe Lucky consideró tomar medidas extremas. Pero sólo la puteó en todos los idiomas y continuó con su vida. No, no tenía el corazón roto, pero tampoco podía evitar sentirse desilusionado.
Tiempo después, cuando ya la había olvidado y se dedicaba pasar el rato con príncipes y princesas, Lita reapareció en el gym. Y fue a sus brazos. Dijo que se habían cansado del ogro Eddie, que quería estar con alguien más civilizado, blablablá, le mostró su tatuaje nuevo, con la leyenda “Metal God”, en referencia a él...
Lucky se caracterizaba por su inteligencia y su falta de culpa a la hora de cortar vínculos. Pero la perdonó. La Doncella de Hierro lo podía.
Y retomaron la relación, de manera aún más apasionada. O sea, más sexo y todo eso, generalmente con Whistesnake sonando de fondo.
Una noche, a la salida del solárium, Lucky se encontró con una sorpresa poco agradable: su distinguido carruaje —una 4x4, para ser precisos— había sufrido un ataque. Vidrios rotos, golpes, rayones, ruedas pinchadas. En el capó, escrito con aerosol: “No te metas con mi chica, puto!!”.
Desconcertado, con ganas de arrancarla la cabeza con sus propios dientes a alguien, Lucky fue tras Lita. No la encontró en su depto, ni en el gym, ni en ninguno de los puntos del reino que solían frecuentar. No tenía ni Facebook ni Twitter (por eso la adoraba, en gran medida). Localizó a sus doncellas amigas: Marysa, Lalo y Lady Oxana. Ninguna de las tres supo ayudarlo. Lalo dijo que no podía creer que Lita siguiera enganchada con ese ogro en extremo peligro, que ahora podía tenerla secuestrada. Oxana ya se la imaginaba amarrada en una cueva oscura, llorando, cubierta de bichos. Marysa dijo que, si fuera por ella, violaría a Eddie con un taladro. Lucky pensó que eso último no era mala idea.
Siguió buscando, sin éxito. Hasta que recibió un sms de Nic: “Miralo YA” y el link a un video de YouPorn.
La calidad distaba de ser la mejor, pero pude reconocer a la Doncella de Hierro en cuatro patas y al ogro peludo que la penetraba. En su brazo, las palabras “Metal God” tatuadas, igual que la Doncella, que exigía más, insaciable como nunca...

Una patada en las costillas me sacó del trance.
—Hacete el mudo ahora —dijo Eddie.
Se agachó junto a mí, me agarró la boca.
—Parece que sólo sabés usar la lengua para chupar conchas de minas que le afanás a otros, ¿no?
Abrió mi boca con sus dedos peludos, acercó la hoja de la navaja.
—En un momento, ni lengua te va a quedar, puto.
Y, entre sus dedos, conseguí decir:
—Hoy estuve con ella.
El ogro torció la boca y dijo:
—Ah, ¿sí? ¿Y quisiste darle un chupón de despedida?
Metí una mano en el bolsillo y dije:
—No, pero esto te puede interesar.
Saqué la mano del bolsillo, la abrí y le mostré lo que tenía guardado.
Eddie miró un segundo, dos. Tardaba en caer.
—Me diste un buen pie con el tema de lenguas y chupones. Yo no lo hubiera planeado mejor.
Dejó de presionarme la boca y agarró el piercing con forma de corazón.
—¿Te comiste bocha de veces a Lita y lo no reconocés? Qué poco observador, Eddie boy.
Metí la mano en el otro bolsillo, saqué más piercings y los desparramé en el piso.
—El de los pezones, los de las orejas… ¡Al del clítoris tenés que reconocerlo! ¡Estás decepcionando al mundo del heavy metal!
Eddie se incorporó de a poco, mirando los piercings como un fucking retrasado.
—Lo sabía: mucho romper autos ajenos, pero nunca mataste a nadie, eh.
Me levanté de un salto, le arrebaté la navaja, con la otra mano lo agarré del cuello, lo empujé contra la pared y le acerqué la hoja a milímetros de la mejilla derecha.
—También sabía esto.
Le hice un corte, y la sangre le empapó la cara.
—Me encantaría contarte todo lo que le hice a esa puta apenas la secuestré esta mañana… Pero seguro te diste una idea —asentí para mí mismo—. A veces la imaginación es mejor que yo, lo admito. Como diría mi amigo Fede. “Ponga el horror aquí”.
—Enfermo —logró decir el forro.
Me reí y dije:
—No seas infantil, man.
Y lo apuñalé en el estómago.
El hijo de puta entrecerró los ojos y apretó los dientes.
—¿Así que te la bancás? Por cierto, saliste muy bien en YouPorn, aunque nadie supera a Tommy Lee.
Retorcí el puñal.
—Lo genial de todo esto es que no sólo no me vas a cagar ninguna relación: tampoco vas a arruinarme otro carro —señale afuera con la hoja—. Escuchá. Metallica. “Seek and Destroy”. El soundtrack perfecto —reí—. Y pensar que estuve por secuestrarte y llevarte a mi casa, como hago siempre. Pero fue más tentador verte hecho pija en tu propio territorio, con tu propia gente. Además, es bueno salir del hogar.
—No vas a salir vivo de acá —dijo Eddie, y me escupió una mezcla de saliva y sangre.
Sonreí y dije:
—Obvio que vos tampoco.
Retiré la navaja, listo para apuñalarlo de nuevo, pero me dio un cabezazo, me empujó y escapó.
Recuperé el equilibrio, empuñé fuerte la navaja.
—Hijo de…

Abrí la puerta y salí y me metí en el quilombo de gente y distinguí a Eddie semiagachado como un mono escabulléndose la mano en el estómago y fui tras él y Zakk se interpuso y me agarro de la remera y me arrojó contra la barra y caí de costado y cerré los ojos y por poco no me hago mierda el brazo y vi que entre las piernas y los gritos de la gente Zakk se me venía como un búfalo y rodé a un costado y justo esquivé una patada y me incorporé y giré y apuñalé a Zakk en la cintura y grito y cayó de rodillas y saqué el puñal y le tiré de los mechones y cuando tuve su garganta para mí lo degollé y tiré el cuerpo chorreante y fui tras Eddie y la gente gritaba y corría como ganado y estaba casi todo oscuro y Seek and Destroy te destrozaba los oídos y seguí avanzando y entre tanto caos logré identificar a Eddie cerca de la escalera y empujé a los que hacían pogo y fui tras él y sentí algo fuerte como pinzas que me agarraban del cuello y me arrojaban contra la pantalla y mi otro brazo quedó hecho mierda y perdí la navaja la puta madre y Phil enfurecido me levantó de la remera y le grité marioneta y me dio una piña y floté unos segundos y caí sobre alguien y luego al piso y cierro los ojos por el dolor y los abrí a tiempo para esquivar un nuevo ataque del pelado y me incorporé y la boca se me llenó de sangre que escupí y los riff de Metallica al palo y entre los pies y los vasos de plástico aplastados y a la luz de la pantalla localicé la navaja y me tiré para agarrarla y un brazo de Phil me rodeó el cuello apretando fuerte la la reputísima madre casi no podía respirar pero alcancé la navaja y no encuentré la manea de apuñalarlo fuck y me ahogaba y forcejeé y le di codazos en el estómago pero no pasó nada y se me cortaba la respiración y solté la navaja que se perdió y casi no tenía fuerzas y Phil me soltó de golpe y caí de nuevo y tosí y me toqué la garganta y giré justo para ver a Lalo y a Lady Oxana prendidas de los brazos del pelado y apareció Marysa y pegó un salto para darle un botellazo en la cabeza que le explotó en la cara pero no lo detuvo y se soltó y agarró del cuello a Marysa y ella soltó el cuello de botella rota y me apuré a agarrado y se lo clavé a Phil en la arteria femoral y solté a Marysa y lo empujé y Lady Oxana gritó que Eddie escapaba y corrí a las escaleras y subí los escalones de dos en dos y arriba eran otro quilombo de pelos y cuero y Motley Crüe con Wild Side y me abrí camino entre ese otro caos y cuando estaba llegando a la puerta me topé con Lemmy la cara de tipo jodido de siempre y me dice que Eddie acaba de salir y se hace a un lado y asentí y salí...

Nadie afuera, pero las manchas oscuras en la calle me guiaron al portón de rejas que impedía el paso a la plaza de enfrente, entre dos edificios. Vi sangre allí también. Debía tener aguante de sobra, Eddie, porque nadie se atrevería a trepar con una puñalada en el estómago. ¿No hubiera sido menos complicado correr a la izquierda o la derecha?
 Crucé a la plaza, caminé por el empedrado, rumbo a al centro. Me había quedado sin armas, pero no había problema. Le arrancaría la garganta con los dientes a esa mierda. La sola idea de pensarlo me hacía olvidar del frío de la madrugada y de los golpes y de los dientes que me había aflojado Phil. En momentos así me siento tranqui por mi situación económica.
Mis pasos resonaban de manera siniestra y las ramas de los árboles se agitaban por el viento. Como en las películas, ¿no? Sólo que ahora yo era el Michael Myers, obviamente.
Un ruido.
Provenía de la arboleda de más adelante, donde no había más que sombras. De hecho, la única fuente de luz en toda la plaza era una lámpara colgada en lo alto, que sólo iluminaba el centro.
—Salí, cobarde —le dije—. Demostrame que sos el verdadero fucking Metal God.
Silencio, pero seguí yendo hacia la arboleda.
—No, no me arrepiento de haber venido. Es excitante que te caguen a palos. Un poco, no demasiado —reí—. Mi sadomasoquismo tiene un límite.
Movimientos de ramas, todavía en las sombras.
—Estoy gastando energías en hablar, así que mejor termino con este cuento y listo.
Cuando empezaba a apurar el paso, Eddie salió de su escondite. Salió caminando, pero de espaldas a mí. Más que caminar, se tambaleaba, las manos a la altura del rostro.
—¿Te mordiste la lengua, eh?
El malcogido se tambaleó otro poco y cayó de costado, de manera que el pelo le cubrió la cara.
¿Por qué mierda se había cubierto ahí? ¿No lo había apuñalado en el estómago?
Me detuve junto a él, lo pateé. No se movía. Me agaché, lo di vuelta para verlo mejor a la luz.
Le habían arrancado la mandíbula.
Algo gigante surgió de las sombra y me pateó la cabeza, tirándome al piso y haciéndome escupir los dientes flojos. Me tragué el dolor y miré arriba.
El gigante quedó en contraluz, así que no podía reconocer sus facciones. Eso sí, era pelado y sostenía la mandíbula de Eddie.
Dijo algo en voz baja y grave, que logré entender:
—Dumm.
Se dio vuelta, en dirección al otro portón de rejas, y tiró la mandíbula. La luz le dio de lleno en la espalda, superpoblada de tatuajes. El más grande e imponente: la svástica mejor diseñada que vi en mi vida.
Me quedé petrificado. Y eso nunca me pasa.
¿Anz?


Lucky está en la web, y pueden contactarlo de la siguiente manera (click en el texto):




jueves, 15 de marzo de 2012

Metal God: Posters promocionales

Tres posters promocionales de "Metal God", el cuento metalero de Lucky.
Los primeros dos, creados por un servidor.




Y aquí, un fan poster creado por Lucio Ferrante, joven cineasta y admirador del personaje y de sus andanzas. ¡GRACIAS, LUCIO!

viernes, 10 de febrero de 2012

¡Lucky se pone metalero!

Adelanto de lo que será el soundtrack del próximo cuento de Lucky, ambientado en el mundo del heavy metal.

viernes, 23 de diciembre de 2011

It’s a Wonderful Xmas


Rojo, blanco y verde, por todos lados. Un pino grande como la concha de la madre, y sobrecargado de adornos. Gente dando vueltas, charlando, riéndose, comiendo canapés, bebiendo champaña. “Gingle Bell Rock” sonando por los parlantes...
En el salón del cuarto piso del hotel más importante de la ciudad también se preparaban para festejar la Navidad. Una Navidad que yo había planeado de otra manera.
—Nada mal —dijo Nic, y agarró una copa que le ofreció una camarera—. Admitilo.
Era 24 por la noche, y Nic había sugerido esta fiesta VIP para pasar el 25. A falta de opciones mejores, optamos por ir junto al resto del grupo: Alan, Barbie y Lola.
Pesqué una copa y dije:
—Tiene lo suyo. Una fiesta llamada It’s a Wonderful Xmas debería tener un mínimo de gracias, aunque el “Xmas” ya está hiperquemado.
—Mirá, Lucky —dijo Lola, señalando las enormes pantallas planas ubicadas estratégicamente—. Están pasando Gremlins. Vos también querías proyectarla.
—Cierto —bebí un sorbo—. Mi idea era poner pelis navideñas con onda, como esa y Bad Santa y la de Bill Murray con David Johansen.
Entonado por el Malbec que nos tomamos antes de entrar, Alan me puso una mano en el hombro y dijo:
—Todavía no entiendo por qué de golpe suspendiste tu prometedora fiesta navideña. ¿Qué pasó ahí?
—Es verdad —dijo Barbie—. Esa iba a ser la fiesta navideña.
¿Qué pasó? La semana pasada llevé a una pareja a mi casa, para “divertirnos” un toque, pero la mina agarró el hacha y despedazó los muebles y las paredes y se quiso escapar, pero la corrí y la agarré y la calmé con un rápido corte en la yugular que salpicó todo el blanco del living, como un último insulto a mi exquisito gusto para la decoración de interiores. ¡Nunca aprendo lo riesgoso de querer pasarla bien con dos personas al mismo tiempo!
—Ya les conté —dije, y bebí otro sorbo—: se me jodió el equipo de audio. Si la casa no puede sonar como una disco, entonces mejor abortar el plan —empecé a abrirme paso entre la multitud.
—Qué cagada que fue tarde para reservar en un lugar.
—Movámonos un poco, amargos.
Fuimos hasta la mitad del salón. A los costados, sillones ocupados mayormente por modelos y por algún loser que quebró antes de medianoche. Casi en la otra punta, un escenario con instrumentos en el fondo.
—¿Quién tocará? —dijo Nic—. Escuché que habían contratado a alguien groso.
La respuesta, cerca del gigantesco pino: Michael Bublé, quien me vio y vino a saludarme con un abrazo. Nos conocíamos de una fiesta VIP en Manhattan. Es más copado de lo que parece. Y siempre de traje. Me pregunté si dormiría en saco, camisa y corbata.
—¿Cómo andás, Mike? —le dije (en inglés, obvio, como toda esta charla)
—Todo bien. La otra vez acordaba de vos, en una fiesta de Patrick Bateman.
—¿Seguís viendo a ese? ¡Es un aburrido!
Nos reímos.
Dijo que tocaría a las doce en punto.
—¡Bien! Aunque hubiera preferido que trajeran a Morrissey. O a José Feliciano, que al menos tiene un tema navideño.
Nos reímos a carcajadas.
—Sí, sí —dijo Mike—. Y yo hubiera preferido que viniera Bing Crosby, pero es más complicado todavía.
Nos cagamos de risa mal. En tanto, Lola y Barbie se dedicaban a fotografiarnos con sus Backberrys para subir todo a sus respectivas cuentas de Twitter.
Mike, lo deseables que estaban las minas y los chongos, “New Sensation” de INXS empezando a sonar...
Ya no estaba de tan mal humor como hacia horas.
Debía ser el famoso milagro de Navidad.
Hasta que...
—¡LUCKY!
Reprimí putear en voz alta.
Dos segundos después, mojito en mano, Mr. Divine estaba con nosotros, saludando uno por uno y con besos en cada mejilla.
Maxi (ese era su apodo anterior) era 90 kilos de mala onda, pero cuidadosamente disfrazados de buena onda. Un puto Grinch... y un Grinch puto.
—Un placer tenerlos acá —dijo, superamanerado como en los grandes eventos, y como si no sintiera vergüenza de vestir esa horrible camisa con motivos navideños.
—¡Nice T-Shirt!—le dijo Lola, que también andaba puesta de tanto Malbec, y le sacó una foto para su nuevo tweet.
Mr. Divine le guiñó el ojo y dijo:
—¡Thanks! —nos miró al resto—. ¡Nos vemos! Ah, Lucky: la fiesta temática Hospital fue hace dos semanas.
Lo decía porque estaba vestido con ropa de seda blanca que ese manatí no podría usar en su fucking vida.
Pero todos se rieron del chiste.
Mr. Divine me guiñó el ojo y se fue a seguir saludando.
—No le des bola —me dijo Alan.
—¿Tanto se nota que me cae mal? —dije—. Gordo de mierda...
Mike quiso saber qué pasaba.
—¿Ves American Horror Story? Este es como Jessica Lange, pero peor.
—Cuando llegué —dijo Mike—, lo vi besarse con el dueño del hotel.
Terminé mi copa, la dejé en la bandeja de una camarera que pasaba y dije:
—Así que dueño sabe cómo organizar eventos, pero no sabe elegir a quién garcharse.

I know, lo lógico hubiera sido irme de ahí, y a la concha de la lora con el merry christmas. Pero no iba a permitir que un malcogido me impidiera gozar.
Los canapés, mejor de lo esperado. Los tragos que servían en la barra, decentes (Mérito de Alan y Nic por comerse toda la cola para comprarlos cuando nos hartamos de la champaña). La gente se ponía a bailar. En las pantallas, escenas de Scrooged, de Die Hard, de Home Alone, de Nightmare Before Christmas...
Entre las camareras, me fijé en una tetona onda Salma Hayek, simpática y sonriente de oreja a oreja como si ocultara algo.
Voy a descubrir todos tus secretos y más, pensé, y fui tras ella, pero en el camino empezó “Waiting for a Train”, de Flash & The Pan, y me convencí de que tenía que conocer al DJ. Era una flaca deseable, con remera de Santa Claus incrustado en un árbol de Navidad. La convencí de ir a algún lugar más privado. La reemplazó su ayudante —un genio sólo por su remera de The Smiths— y salimos a uno de los balcones semidesiertos (y eso que hacía calor). Apoyados en la balaustrada, ante un paisaje de millones de luces y ruidos de fondo, la inevitable charla sobre bandas australianas de los ’80 devino en sonrisas, caricias... y cuando estaba por meterle la lengua hasta la garganta, apareció Mr. Divine, patético gorrito navideño incluido.
—¡Helloooo! Un momento, Lucky —bebió un sorbo de su Martini—. ¿Y qué pasó con el morocho de la otra vez? ¿Vos no jugaba para mi equipo?
La DJ me miró, pero no parecía ofendida.
—Soy un jugador todoterreno —le dije al cortamambo, sonriente.
—Lo que vos digas —miró a la mina—. Los bi son legión. No sé vos, darling, pero yo no soporto las medias tintas.
La DJ esbozó una sonrisita forzada, pidió disculpas y se fue rápido.
—Qué plomo, ¿no? —dijo el gordo mierdoso viéndola irse—. Te las estás buscando cada vez peor, eh —bebió más de su trago—. Decidite por los hombres, que es menos problemático.
Me moría por cagarlo a trompadas, como mínimo.
—Se fue porque no te soportaba.
—Tiene que soportarme: yo la contraté —terminó el Martín y dejó el vaso en una mesa que tenía cerca—. Bah, se la sugerí a Marc, como le sugerí todas las ideas para este evento.
Marc era el dueño del hotel y su supuesto nuevo novio o chongo o lo que fuera.
—¿Tanto te duele que te haya dicho “No” esa madrugada de verano? —le tiré, apretando los dientes.
—¡¿Qué?! ¿Te pensás que sos Don Draper, mi amor? Ah, no, cierto que todos te confunden con DiCaprio. ¡Horrible!
—Horrible como el Colbert Noir que te ponés siempre.
—Porque Armani Code es el colmo de la perfección perfumada, ¿verdad? Es lo más similar a bosta de rinoceronte. Bueh, pero de vos no me sorprende.
Me le acerqué dos pasos y le dije:
—¿Estás seguro de querer apurarme? Cada vez que tengo la mala suerte de cruzarte hay que preguntarte lo mismo.
Mr. Divine se me acercó dos pasos y, mirándome fijo a los ojos, dijo:
—La última vez que nos vimos, en esa fiesta en el 6º piso, alguien me tiró por las escaleras. Eran escaleras de caracol y sentí que nunca más iba a aterrizar. Y yo no estaba tan en pedo como para caerme solo. Incluso recuerdo haber sentido una pierna haciéndome perder el equilibrio —se tocó la pierna izquierda—. Dos meses con yeso y un tiempo caminando como Gregory House. Se me ocurre que podés saber quién pudo haber tratado de matarme.
Sonreí y dije:
—Sí sé y recuerdo que antes de tu caída, estuviste tratando de acaparar la atención.
—No “traté”: la acaparé. La acaparé con mi encanto.
—Wathever...
—Cosa que vos no pudiste.
—Lo que vos digas.
—Todos lo decían.
—No veo a “todos” acá. Puedo hablar por mí, y recuerdo muy bien que quisiste ensuciar mi imagen. Te acercaste a minas, a chongos, y a todos les vendiste cualquiera sobre mí. Y cuando quedamos solos en la cocina, te confesaste: “Vos a cagarte la fucking vida”.
Mr. Divine sonrió y negó con la cabeza.
—Yo no ensucio imágenes, darling. Sólo comparto mi punto de vista sobre la gente y las cosas. Vos tenés un aura oscura.
—¿Aura oscura? ¿Ahora sos astrólogo o algo así?
—Un aura siniestra, diría. Peligrosa. Maquiavélica. Pero nadie más parece notarlo. ¿Quién sos realmente, Lucky? De hecho, nadie sabe tu verdadero nombre. Y sé que no te llamás Lucas Albarn, como figura en tu perfil de Facebook.
Me reí y le dije:
—Lo gracioso es que todo esto pasa porque sos un envidioso o porque quisiste chuparmela aquella vez y te mandé a la mierda, o porque sos una mierda vos.
Me agarró fuerte del cuello y dijo:
—Puedo hacerte pija sin que nadie se dé cuenta y sin derramar una gota de sangre.
Tenía fuerza, el hijo de puta.
—Clases de defensa personal —dijo, como si fuera un telépata. ¿Desde cuándo enseñaban a agarrar cuellos en esas clases?—. Los empujones por escaleras pueden dejarte muy traumado.
Pasos y una sombra acercándose.
—¿Todo bien? —dijo Marc, siempre con esa cara de haberse tragado un limón, que contrastaba con la corbata repleta de diminutos pinos verdes sobre fondo rojo.
Mr. Divine me soltó y le dijo:
—Tenemos una mezcla de Scrooge con el Grinch.
Marc me miró mal y dijo:
—Así que un mala onda queriendo cagar nuestra fiesta a una hora y media de las doce.
¿Mala onda, yo? Era obvio que ese imbécil no me conocía.
—Pero ya se iba Lucky —dijo Mr. Divine, y me miró—. Él siempre hace sus propias fiestas navideñas —fingió horrorizarse—. ¡Ah, cierto que este año tuviste que suspenderla! Menos mal que tu decorador no se quedó sin trabajo y lo pude sumar al staff de este hermoso evento.
—Nada mal la idea de las pelis navideñas con onda —agregó Marc—. Para eso sí tenés onda.
No estaba acostumbrado a ser humillado, y menos por intentos de seres humanos como esos dos.
Miraron hacia la salida, y Mr. Divine dijo:
—Apurate, que tenemos que finiquitar preparativos.

Y salí, nomás. Salí sin despedirme de mis amigos (bah, igual que muchas veces). Pero gracias a que uno de los guardaespaldas era un viejo touch and go, pude volver a entrar. El chongo me hizo prometerle que cogeríamos después de medianoche. Le dije que nadie lo penetraría tanto como yo, obvio.
Camuflado con una de esas ridículas gorras de Santa Claus —a esa altura de la noche, casi todo el mundo allí adentro las usaba—, me metí en la cocina y robé uno de los cuchillos más grandes. Había empezado a sonar “Last Christmas”, de Wham! Pensé que debía casarme con la DJ después de encargarme de Mr. Fucking Divine.
Semioculto detrás de un grupo de mujeres que no paraban de mirarme de reojo ni de cuchichear entre sí, vi a Mr. Divine a varios metros, junto a Marc, riendo frente a una pareja de presumible origen escandinavo.
Sabía bien qué hacer.
Lo voy a sorprender solo y no me cansaré de apuñalarlo. No me cansaré de apuñalarlo en cada centímetro de ese cuerpo de elefante marino. Puñaladas en el estómago, en el pecho, en la cara, en el ojete. Y cuando termine con él, lo corto en pedazos y envuelvo los restos de regalitos que pondré debajo de ese pino mierdoso, así los invitados los abren y se encuentran con uno de los organizadores de la mejor navidad de sus vidas.
Mmm... Sonaba muy complicado el tema de los regalos.
Lo voy a sorprender solo y no me cansaré de apuñalarlo. No me cansaré de apuñalarlo en cada centímetro de ese cuerpo de elefante marino. Puñaladas en el estómago, en el pecho, en la cara, en el ojete. Y cuando termine...
Un momento: estaba olvidando mi ropa blanca. ¡No podía estropearla por culpa de ese gordo loser!
Lo voy a sorprender solo y no me cansaré de...
Los guardaespaldas. No debía olvidarme que esa vaca puta estaba bien protegida. Y ninguno de los gorilas vestidos de negro apostados estratégicamente habían sido mis trolas ni siquiera dos segundos.
¡Fuck!
Quería destriparlo como a un cerdo, pero debería conformarme con estrangularlo.
Me acerqué a la cabina de la DJ, miré varios cables tirados en un costado y me robé uno corto, pero suficiente como para rodear el cuello de Mr. Divine y hacerlo conocer al Divine de verdad.
Esquivando las miradas de los bodyguards, seguí de lejos al gordo sarnoso, que se dirigía al extenso balcón del otro lado del piso. Iba solo, ahora con copa de champaña en mano.
No te lo tomés todo, pensé, así brindás personalmente con Dios o quien sea.
Mike se interceptó en el camino. Parecía preocupado. Me preguntó si convendría arrancar el show con “Christmas (Baby Please Come Home)” o con “Santa Claus is Coming to Town”. Le dije que escuchara su corazón —respuesta chota si las hay— y lo dejé para seguir tras Mr. Divine.
Lo vi salir al balcón e irse hacia un extremo donde, al parecer, no había nadie, ni siquiera sentados a las mesas.
Me acerqué sigiloso, ocultándome detrás de los arbustos, también decorados como arbolitos navideños.
Ahora más lejos del ventanal cercano y más próximo a la punta, escuché otras veces. Avancé hasta otro de los arbolitos y pude ver bien a los demás.
Mr. Divine estaba junto a Marc y la camarera tetona onda Salma Hayek, quien, aunque se cubría la cara, no podía frenar el llanto.
—Así son las cosas, nena —le dijo mi futura víctima—. O te la bancás o tirate por acá —miró el borde del balcón—. Total, con todo el ruido, recién mañana temprano van a encontrar tu cadáver.
Marc la miró mal y se fueron juntos con su amante. Pasaron tan cerca de mí, que debí agacharme para que no me vieran, ya que ese arbusto no era tan ancho como los otros.
Me quedé un rato esperando a que entraran, y no pude evitar oír cómo lloraba la mina. No, no me conmovió, pero casi. Cuando la vi, estaba sentada en la balaustrada.
¿Le haría caso a esa ballena con gorrito?
Evidentemente, sí: ubicó las piernas del lado de afuera, lista para saltar.

Mi instinto me dijo: “Salvala”, y como mi instinto (no mi conciencia, ojo) nunca se equivocaba, salí de detrás del arbusto y fue por ella y la agarré de los brazos justo cuando estaba por dejarse caer. Me sentí como DiCaprio en Titanic, cuando impide que Kate Winslet se tire del barco. ¿Esta suicida también me mostraría las tetas, como Kate le mostraba las suyas a Leo?
—¿Y tu espíritu navideño? —se me ocurrió decirle. Y bueh, no estoy acostumbrado a salvar gente.
Al principio lloraba tanto que no se le entendía nada, pero de pronto dijo bien claro:
—¡Estoy harta! ¡Todo el mundo se aprovecha de mí, como si fuera una pelotuda! Y seguramente lo soy.
Controlé que no hubiera nadie a nuestro alrededor, me saqué el gorro, nos sentamos a una de las mesas y le pregunté por qué decía todo eso.
Se llamaba Magdalena (Magda para los amigos) y era ex de Marc. Ex, casi esposa. Por su relato con salidas a escondidas y garche en lugares extraños, encajaba más en la categoría de amante, pero ella se había enamorado posta. Y Marc le había prometido cosas que ella se creyó, pero le rompió el corazón cuando le dijo que prefería coger con Mr. Divine porque sabía de sexo y sabía de música.
—Esto me lo contó en la cara, pero después de que yo los encontrara juntos, desnudos, en una suite del tercer piso. Ver al hombre que amo con otro tipo fue la gota que rebalsó el vaso. Y quise irme a la mierda, pero me quedé para hoy porque necesito la plata.
Y, de paso, me contó que era pobre y todos los hombres con los que estuvo la habían cagado, desde los 12 años. Y se colgó contándome dos historias que ahora olvidé.
—Se fijan en mis tetas —dijo al terminar—, pero no en mi corazón.
Shakespeare no lo hubiera expresado mejor, eh.
También admitió que ella vivía amando a las personas equivocadas y que no sabía cómo cambiar y que la única solución posible era morir... y reencarnar en una mariposa o en algún insecto.
—Los bichos nunca tienen problemas sentimentales ni económicos —agregó—. Pero, ahora que me doy cuenta, yo ya soy un bicho —y volvió a llorar.
Los bichos no tienen melonzotes como los tuyos, quise decirle, pero opté por:
—¡No te subestimes!
—No quiero hacerlo. Mis psicólogos me aconsejan lo mismo: “No tenés que subestimarte”, “Vos valés mucho”, blablabla. Pero ni vos ni ellos están en mi cabeza.
¡Menos mal que no estoy ahí!, pensé, y le dije, muy serio:
—Claro que sos hermosa, Magda. Eso es obvio. Pero también me doy cuenta de que sos mucho más que eso. Sos sensible, sos inteligente. Pero nadie más parece notarlo, o no lo valoran. Pero así funcionan los hombres ahora. Y la mayoría de las mujeres. Quieren para sí a las personas bellas, pero más como un adorno, como si esa fuera su única cualidad.
Y seguí con el discurso para hacerla sentir bien y todo eso. Se me iba ocurriendo sobre la marcha, como mis frases de levante. Costaba no mirarle esas dos deseables protuberancias.
—Lo que tenés que hacer, de una vez por todas, es hacerte valer. Y tenés que empezar ahora mismo.
—¿Pero cómo?
Le extendí el cuchillo, que por suerte aún tenía guardado.
—No sigas permitiendo que dos idiotas dinamiten tu autoestima. Ni hoy, en Nochebuena, ni nunca.
Magda miró la hoja. Dudaba.
—¿Vos serías buenita con dos individuos a los que no les importa un carajo tu vida? Acordate de lo que dijo el gordo: “O te la bancás o tirate por acá. Total, con todo el ruido, recién mañana temprano van a encontrar tu cadáver”.
Magda empuñó el cuchillo, lo miró bien, como si nunca en su vida hubiera agarrado uno.
—No temas desahogarte.
—Pero si los... —empezó a decir Magda, y se puso de pie—. ¿Me voy a sentir mejor si lo hago?
Me incorporé, le puse las manos en los hombros y le dije, con mi mejor sonrisa de Patch Adams:
—Vas a ser libre, por fin.
Una nueva frase chota, pero que sirvió.
Oímos la voz de Mr. Divine hablando por micrófono. Ya estaban por ser la doce, evidentemente.
Magda caminó hacia los ventanales. Se dio vuelta para mirarme y dijo:
—¿Sos un ángel?
Quise reírme, pero al final le dije, sonriente, las manos en los bolsillos:
—Maybe.

Cuando entré, la gente se había reunido frente al escenario, donde Mike Nublé y sus músicos se preparaban para hacer su trabajo.
También estaban Mr. Divine y Marc, la parejita feliz, que controlaban la hora con un reloj grande ubicado en el pino. Faltaba un minuto y pico para las doce.
Me reuní con Nic, Lola, Barbie y Alan, a la espera de lo que fuera a suceder.
Marc se puso a agradecer la presencia de todos y todo el clásico speach de la ocasión. Aplausos por parte de la multitud.
—Y una Nochebuena sin presencias desagradables —agregó Mr. Divine.
Justo en ese momento, se me aparecieron dos guardaespaldas que me agarraron de los brazos. Les pregunté qué pasaba, pero sólo se limitaron a querer arrastrarme hasta la salida.
—Ahora sí —dijo Marc—. La cuenta regresiva: 10, 9, 8...
Mis amigos quisieron saber qué pasaba, pero les dije que no sabía, y los monos siguieron llevándome.
—7, 6, 5, 4...
En medio del forcejeo con esos monos, vi que Magda se subía al escenario, pasaba junto a Mike y quedaba frente a Marc y Mr. Divine.
—¡Una chica ansiosa! —dijo el dueño del hotel.
Magda sacó el cuchillo y se lo clavó en el pecho.
A mi alrededor, todos duros y mudos, incluso los guardaespaldas. Aproveché para liberarme.
Marc soltó el micrófono, se tambaleó hacia el lado derecho y cayó boca arriba. Magda lo apuñaló otra vez, ahora en el cuello, y la sangre voló de tal manera que salpicó al petrificado Mr. Divine.
Subí al escenario, agarré el micrófono y dije, muy entusiasmado y contento:
—¡Feliz Navidad!
El público seguía callado.
—¡Show sorpresa!
Pero ni desmayos ni gritos. Debían estar todos tan puestos a esa altura de la noche que ya nada les importaba. Y me lo confirmó Alan:
—¿Como en Halloween?
—¡Claro! Una rutina de Halloween, pero en Navidad.
Todos hicieron un “Ahhh” y se rieron y aplaudieron.
A mi lado, Magda no paraba de apuñalar al ex amor de su vida. Se había ensañado con la entrepierna. Y eso que el hijo de puta ya ni respiraba.
—Y ahora —anuncié—, todos los grandes éxitos musicales navideños con... ¡Michael Buble!
Lo miré. Él sí había quedado shockeado. Los músicos, igual.
—Costumbres de este país —dije, muy sonriente.
Y eso los tranquilizó lo suficiente como para empezar a tocar “Christmas (Baby Please Come Home)”.
Como Mike no se decidía ni siquiera a moverse, me puse a cantar yo. Gracias a mi carisma, el público se copó, aplaudió, cantó conmigo. Y Mike sonrió y entró en confianza y nos pusimos a cantar de a dos.
Quise ver en qué estaba Magda, pero no la vi ni a ella y ni a Mr. Divine. De pronto pude distinguirla detrás del gentío, persiguiendo al gordo de mierda, que caminaba apenas y parecía herido. Los guardaespaldas iban detrás de ambos.
Mike me dijo que no me distrajera y nos reímos y seguimos cantando y pasando una navidad de puta madre.

Ah, por cierto, FELIZ NAVIDAD!! Pórtense mal, tómense todo y no permitan que ningún tarado les saque la sonrisa =)





Para desearle Felices Fiestas a Lucky, pueden contactarlo por... 



viernes, 2 de septiembre de 2011

Influencias - Parte 2

En un post anterior se nombraron algunas de las influencias para componer a Lucky. Esta vez repasaremos dos más.

 

Tony Stark

El hombre detrás de Iron Man, el multimillonario dueño de Stark Industries, es puro carima, sex appel, actitud. La clase de persona con la que querés salir de fiesta.Y si encima está interpretado por Robert Downey Jr...


Jeffrey Dahmer

Alguien que lleva hombres a su casa para asesinarlos y devorarlos... Difícilmente sea incluido en la categoría de santo. Para saber más sobre él, cliqueen aquí.  




Muy pronto, más influencias.

sábado, 2 de julio de 2011

Stand by

Estimados lectores:
Me alegra saber que las andanzas de Lucky están gustando mucho. Es un personaje algo particular, jaja, pero la gente se engancha con él. Mi sensación de disfrute al escribir estas historias puede ser comparable a manejar un Fórmula 1 o a volar.
Como habrán visto, hace poco publiqué la primera parte de IndieFilmFest, un relato extenso y ambicioso, una nouvelle. Si bien prometí que la parte 2 se publicaría en breve, no será así. No hubo quejas ni ningún inconveniente (confieso que hubiera sido divertido que pasara eso). Es sólo que decidí terminar de escribir y subir todo más adelante.
Tampoco habrá más historias de Lucky hasta cerca de fin de año.
Pero a no preocuparse: este blog seguirá activo, de la misma manera que el blog personal de Lucky  y sus perfiles en Facebook y Twitter. ¡El personaje se niega a quedar totalmente en stand by!
Y estén atentos, que muy pronto tendrán novedades importantes. Algunas están relacionadas con otros proyectos personales (un libro sobre el director John Carpenter que pateará encías, lo juro), y otras son acerca de Lucky. Pero bueno, todo a su tiempo.

Que sigan bien, ¡y no dejen de visitar ni de recomendar este blog!

Desde ya, mil gracias.

Atentamente,

Matías