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lunes, 9 de diciembre de 2013

Jeremy Renner


Imaginate que estás en LA disco, imaginate que aparece EL chongo (cualquier clon de Jeremy Renner merece dicho calificativo), imaginate que bastan unas miradas para pegar onda, imaginate que beben unos Gin Tonic, imaginate risas, roces,  besos, imaginate que lo invitás a tu casa, imaginate que él accede…
Imaginate que ambos están desnudos en tu dormitorio, sobre la cama, listos para coger, imaginate que apenas quedás de espaldas te esposa las manos y dice:
—Arrestado.
What the fuck
—Esto es un error —dije.
—Esto es Interpol —dijo, y sentí el caño de una pistola sobre mi columna—. Por fin atrapé a la leyenda.
—¿Leyenda?
—Hace rato que escuchamos sobre “el nuevo Jeffrey Dahmer”.
—¿El nuevo Jeffrey Dahmer? —eso me molestó más que el engaño y que las esposas.
—Con mucho de Jason Bourne, también. Todos en la agencia dejaron de buscarte. Todos… menos yo. Te estuve rastreando acá, en Londres, en Ibiza, en Nueva York, en donde tengo pruebas de que pasast. Pero ya está —se rió—. Por eso yo solo me voy a quedar con la gloria.
—Estás viendo demasiadas pelis. Deberías garchar más.
El caño del arma pasó de la columna a mi cabeza.
—Y vos deberías hablar menos —dijo Jeremy.
—Sé que no vas a matarme, pero dejame decir una cosa.
—¿Querés pegarle un tubazo a tu abogado?
—Nada que ver —giré la cara para verlo—. Mirá, odio dejar las cosas por la mitad, así que...
—¿Qué?
Sonreí y dije:
—Come on…

Me lo cogí. ¿Era gay o bi de antes o había empezado a disfrutarlo cuando se puso a perseguirme? Si fue lo segundo, no podemos negar que es un hombre comprometido con su trabajo. También aproveché para esposarlo, “así maximizamos el goce”. La pistola, en algún rincón.
—Es verdad la leyenda —dijo entre jadeos, apenas acabé dentro de su precioso culo—: podés tener a quien quieras. No sé cómo, pero convencés hasta a las paredes.
—Podría tener a Dios, si quisiera —le dije al oído, y aproveché para lamer una gota de sudor a punto de caer del lóbulo de la oreja—, pero soy ateo. En fin, oíme, Hawkeye, te tiro esta palabra: Treesome.
Soltó una risita.
—Cool —dijo—. ¿Hombre o mujer?
—Un best friend de mi época de teenager con quien me reencontré hace unos días: Dundee.
—Dundee… Okey, llamalo.
—No es necesario —saqué a mi preciosos cuchillo Bowie de debajo del colchón—. Dundee is here.

—Un placer, Jeremy —dije. Le mostré a Dundee, ahora con la hoja ensangrentada—. Lo mismo dice mi amigo.
Pero Jeremy (mejor dicho, su cabeza, apilada junto a otros restos de su cuerpo) fue incapaz de responder.
—Ah, y nunca vuelvas a compararme con Jeffrey Dahmer. I love Jeffrey, pero a Robert Downey Jr. o a Kate Moss o a James Bond nunca los comparan con nadie. You understand?



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Otros cuentos protagonizados por Lucky:
“Metal God”

domingo, 16 de septiembre de 2012

martes, 3 de abril de 2012

Metal God




Scream for mercy
He laughs as he watches you bleed
Killer behind you, his blood lust defies all his needs
Iron Maiden, “Killers”.

  “Welcome to the Jungle”, empezó a chillar Axl Rose por los parlantes cuando estaba por ingresar a Red Bell Saloon.
El guardia más petiso me palpó de cintura y de piernas.
—¡Grosa! —dijo secamente, mirando mi remera de Judas Priest, y me dejó pasar.
Bastaba caminar un paso para darse cuenta de que Red Bell era el antro heavy de la ciudad. Cuero, melenas, remeras de los grupos metaleros que se les ocurran, todos apretujados. Eran más de las 2 AM y apenas podías moverte. Vasos de litro de cerveza iban de un lado para el otro, y una flaca con blusa de Kiss casi me empapa. Miré al piso de arriba, donde las cosas andaban igual: hasta la manija de gente riendo, charlando (o tratando de charlar por encima de la música), imitando los pasitos de Axl. Los televisores, a full con videoclips.
Okey, tenía onda el lugar. Sabía apreciar a Pantera y demases, podía al respecto hablar con cualquiera. Ya lo dije: mis campos de interés son muy amplios.
Pero había ido allí por otro motivo.
Me abrí camino entre imitadores de Brett Michaels y de Slash —se notaba que esa parte del local era más hard rock y glam metal—, bordeé la barra y llegué hasta el fondo. Sobre una tarima, minas haciendo pole dance. Dos de ellas compartían un caño y, muy oportunamente, y para alegría de varios, aprovechaban para tocarse. Un barbudo se arrimó a la más culona y desvestida, pero justo un clon de Lemmy Kilmister lo frenó sólo con la mirada. Una de las pooldancers se distrajo mirándome y casi chocó con la compañera. Lemmy se dio cuenta y me clavó la vista. Las luces catódicas le daban un aire tenebroso para muchos, pero no para mí, obvio. Se volvió a las bailarinas y a los babosos que querían cogérselas.
En un costado las vi a las tres: Marysa (tremenda su remera de Black Sabbat), Lalo Hosen y Lady Oxana. No necesitamos acercarnos y saludarnos: un rato antes, por sms, Mary me había pasado el dato que precisaba. Y agregó: “También está arruinando Red Bell, así que dale duro”. Pero sólo había ido para ocuparme de un tema personal, no a hacer justicia. ¿Quién creen que soy? ¿Batman?
Pasé por entre los alzados que seguían pendientes de las chicas y fui a las escaleras que llevaban al subsuelo. La música llegaba hasta donde me encontraba. Música más rápida y agresiva, y los escalones eran iluminados por luces rojas. Por algo me habían dicho que allí sonaba heavy metal puro y duro.
Si hay una entrada al infierno, pensé, debe parecerse a ésta.
Bajé.

Apenas llegué, “Madhouse”, de Anthrax, te perforaba los tímpanos. Y todos, en la pista o fuera de ella, a la luz intermitente que venía de una pantalla gigante, hacían pogo y agitaban las melenas y levantaban las manos formando los cuernos metaleros. Me abrí paso entre ese quilombo, me esforcé en no ahogarme en ese aire viciado y repleto de humo. Giré a la izquierda, donde había otra barra, que irradiaba más luz roja…
Y, al tiempo que empezaba a sonar “More Human Than Human”, de White Zombie, di con él.
Nadie más allí se parecía a Dave Mustein ni estaba sentado en un sillón como un fucking rey ni se hacía el galán con una pendeja sentada en sus piernas ni tenía en cada costado una réplica de Zakk Wylde y una de Phil Anselmo.
Era difícil de localizar. Por lo que había averiguado, nunca se dejaba fotografiar y su nombre no aparecía ni en Internet. Pero manejaba negocios (era socio en Red Bell, incluso, y lo estaba arruinando, como dijo Marysa), y los manejaba con métodos considerados “mafiosos”. ¿Un Tony Montana en clave heavy?
También sabía que no soportaba pelotudeces de nadie, y todos le tenían un respeto ceremonial.
Una persona normal jamás se acercaría a ese monstruo.
Como ya saben, no soy una persona normal. Y puedo ser más monstruoso que cualquiera.
—Eddie —le dije, parado frente a él, alzando la voz.
Ni me miró: seguía entusiasmado con la pendeja, que se dejaba tocar las tetas. ¡Y con ese escote!
Zakk y Phil me asesinaron con la mirada.
Así que fui más claro:
—A Lita no le gustaría ver esto.
Eddie dejó de reír, soltó las tetas, me miró.
Zakk y Phil se me acercaron.
—Te vas —dijo Zakk. Admito que esos ojos podían intimidar hasta a las piedras.
Mantuve mi compostura, sonreí y dije:
—Relax, amigos. Sólo vengo a conversar.
—Odio conversar —dijo Eddie. Miró a sus chongos—. Adelante.
Zakk me atrapó del cuello de la remera, y noté que Phil cerraba los puños.
—¿Saben algo? —le dije a Zakk—. Son más altos que yo y que él —miré a Eddie—. Ustedes podrían ser algo más que lacayos o lo que sea. ¿Nunca lo pensaron? ¿No se les ocurrió querer ser alguien y que ningún boludo los maneje como títeres?
Noté que Phil se había quedado pensando, pero Zakk me agarró del cuello.
—Soltalo —ordenó Eddie.
Zakk lo miró, me miró a mí, bufó y obedeció.
 Eddie echó a la mina como si fuera un perro. Cuando quedamos los cuatro, se levantó dijo:
—Ya sé quién sos —aunque yo le llevaba una cabeza, me acomodó el cuello de la remera—. Aguante Judas, eh —sonrió—. Acompañame a mi oficina.

Lo seguí a unos diez metros, hasta su “oficina”: el baño de hombres, tan heavy metal como el resto del local. Sólo con su presencia sacó a la mierda a los tres que estaban allí. Uno estaba meando, pero voló igual.
Eddie trabó la puerta y se dio vuelta. Quedamos cara a cara, a unos centímetros de distancia.
—Quisiera hablar yo primero —dijo.
Y me dio un puñetazo en el estómago. Sabía golpear, el hijo de puta: me doblé y caí y casi me golpeo contra un mingitorio.
—¿Qué te pasa, Ricky Martin?
¡Ricky Martin! Por lo menos, no me comparaba con DiCaprio.
—¿Viniste a morir, pelotudo?
Vi que sacaba una navaja Mágnum Pocket Kukri.
Yo tenía una igual... pero en ese momento no la llevaba encima.
—Viniste a que te arranque la cabeza y te la meta por el culo, si te entra.

I know, se deben estar preguntando qué mierda pasa.
Les voy a contar rápido, así no se aburren. Es más, se los contaré como un cuento infantil. ¿Por qué? Porque quiero.
Había una vez un príncipe apodado Lucky, que frecuentaba el gym más popular del reino. Todos lo admiraban, y envidiaban por su porte y su carisma y su desempeño sexual. Princesas y otros príncipes podían dar fe del poder de su verga.
Justamente en el gym, una tarde, conoció a Lita. Era una princesa fuera de lo común: tetas grandes, tatuajes, remeras de Ozzy Osbourne y AC/DC, sensualidad, actitud… Una Lisbeth Salander en el cuerpo de Rose McGowan. Entre máquinas, mancuernas y bolsas de arena, Lucky y Lita empezaron una relación. Al principio se la pasaban garchando en vestuarios y otros lugares públicos donde podían descubrirlos, cosa que excitaba aún más a los dos. Luego se pusieron a salir y charlar, y descubrieron que la cosa iba en serio. Bah, el Príncipe Lucky lo creía así: ninguno de los otros príncipes y princesas —bellos pero frígidos y carentes de onda— lo había cautivado de verdad. Lita iba al frente, no se dejaba apurar, jamás se negaba a los besos negros ni a la penetración anal, y los piercings de la lengua y del clítoris contribuían a cogidas inolvidables.
Lucky se refería a ella como la Doncella de Hierro.
Y así fue que ambos… ¿se enamoraron? Algo por el estilo. Pero sí se pusieron de novios. Pese a tener una vida sexual más activa que la de cualquiera en el reino, el príncipe Lucky siempre se resistía a las relaciones serias. De hecho, no tenía novia desde la secundaria. Pero había quedado cautivado por la princesa Lita.
Durante un tiempo la pasaron de maravilla. Sexo, sexo, sexo, charla, sexo, sexo… Sí, también hicieron cosas de parejas normales, pero fueron pocas y siempre son aburridas hasta de contar.
Nic y Alan, príncipes amigos de Lucky, no podían entender esa química. Y él les decía: ‘La química no se explica, muchachos: se goza’.
Una noche, el príncipe la llamó al celu… y atendió otra persona. Una voz masculina. No, algo peor: una voz de ogro. Lucky pidió hablar con su princesa. Tras una pausa, la voz dijo que la Lita era su princesa y lo mandó a la puta madre que lo parió.
El distinguido Lucky no entendía nada. Se propuso hablar con Lita al día siguiente en el gym, pero ella no apareció. Y, aunque eran novias, no sabía dónde vivía. Pero eso no le impidió rastrearla hasta dar con su depto, también ubicado en la zona más elegante del reino. Era cerca de medianoche cuando, desde la vereda en enfrente, oculto detrás de unos arbustos, la vio llegar en la Harley Davidson conducida por uno de los ogros que moraban en los bosques. Más terrible aún fue presenciar el beso entre el ogro y la princesa, con toqueteo de culo incluido.
El príncipe dio con Lita cuando estaba sola y le preguntó qué carajo pasaba.
Ella bufó y confesó que, antes de estar con él, salía con Eddie, el más depravada pero respetado de los ogros, y que había decidido volver a sus peludos brazos, porque los monstruos musculosos la podían más.
Ofendido, el príncipe Lucky consideró tomar medidas extremas. Pero sólo la puteó en todos los idiomas y continuó con su vida. No, no tenía el corazón roto, pero tampoco podía evitar sentirse desilusionado.
Tiempo después, cuando ya la había olvidado y se dedicaba pasar el rato con príncipes y princesas, Lita reapareció en el gym. Y fue a sus brazos. Dijo que se habían cansado del ogro Eddie, que quería estar con alguien más civilizado, blablablá, le mostró su tatuaje nuevo, con la leyenda “Metal God”, en referencia a él...
Lucky se caracterizaba por su inteligencia y su falta de culpa a la hora de cortar vínculos. Pero la perdonó. La Doncella de Hierro lo podía.
Y retomaron la relación, de manera aún más apasionada. O sea, más sexo y todo eso, generalmente con Whistesnake sonando de fondo.
Una noche, a la salida del solárium, Lucky se encontró con una sorpresa poco agradable: su distinguido carruaje —una 4x4, para ser precisos— había sufrido un ataque. Vidrios rotos, golpes, rayones, ruedas pinchadas. En el capó, escrito con aerosol: “No te metas con mi chica, puto!!”.
Desconcertado, con ganas de arrancarla la cabeza con sus propios dientes a alguien, Lucky fue tras Lita. No la encontró en su depto, ni en el gym, ni en ninguno de los puntos del reino que solían frecuentar. No tenía ni Facebook ni Twitter (por eso la adoraba, en gran medida). Localizó a sus doncellas amigas: Marysa, Lalo y Lady Oxana. Ninguna de las tres supo ayudarlo. Lalo dijo que no podía creer que Lita siguiera enganchada con ese ogro en extremo peligro, que ahora podía tenerla secuestrada. Oxana ya se la imaginaba amarrada en una cueva oscura, llorando, cubierta de bichos. Marysa dijo que, si fuera por ella, violaría a Eddie con un taladro. Lucky pensó que eso último no era mala idea.
Siguió buscando, sin éxito. Hasta que recibió un sms de Nic: “Miralo YA” y el link a un video de YouPorn.
La calidad distaba de ser la mejor, pero pude reconocer a la Doncella de Hierro en cuatro patas y al ogro peludo que la penetraba. En su brazo, las palabras “Metal God” tatuadas, igual que la Doncella, que exigía más, insaciable como nunca...

Una patada en las costillas me sacó del trance.
—Hacete el mudo ahora —dijo Eddie.
Se agachó junto a mí, me agarró la boca.
—Parece que sólo sabés usar la lengua para chupar conchas de minas que le afanás a otros, ¿no?
Abrió mi boca con sus dedos peludos, acercó la hoja de la navaja.
—En un momento, ni lengua te va a quedar, puto.
Y, entre sus dedos, conseguí decir:
—Hoy estuve con ella.
El ogro torció la boca y dijo:
—Ah, ¿sí? ¿Y quisiste darle un chupón de despedida?
Metí una mano en el bolsillo y dije:
—No, pero esto te puede interesar.
Saqué la mano del bolsillo, la abrí y le mostré lo que tenía guardado.
Eddie miró un segundo, dos. Tardaba en caer.
—Me diste un buen pie con el tema de lenguas y chupones. Yo no lo hubiera planeado mejor.
Dejó de presionarme la boca y agarró el piercing con forma de corazón.
—¿Te comiste bocha de veces a Lita y lo no reconocés? Qué poco observador, Eddie boy.
Metí la mano en el otro bolsillo, saqué más piercings y los desparramé en el piso.
—El de los pezones, los de las orejas… ¡Al del clítoris tenés que reconocerlo! ¡Estás decepcionando al mundo del heavy metal!
Eddie se incorporó de a poco, mirando los piercings como un fucking retrasado.
—Lo sabía: mucho romper autos ajenos, pero nunca mataste a nadie, eh.
Me levanté de un salto, le arrebaté la navaja, con la otra mano lo agarré del cuello, lo empujé contra la pared y le acerqué la hoja a milímetros de la mejilla derecha.
—También sabía esto.
Le hice un corte, y la sangre le empapó la cara.
—Me encantaría contarte todo lo que le hice a esa puta apenas la secuestré esta mañana… Pero seguro te diste una idea —asentí para mí mismo—. A veces la imaginación es mejor que yo, lo admito. Como diría mi amigo Fede. “Ponga el horror aquí”.
—Enfermo —logró decir el forro.
Me reí y dije:
—No seas infantil, man.
Y lo apuñalé en el estómago.
El hijo de puta entrecerró los ojos y apretó los dientes.
—¿Así que te la bancás? Por cierto, saliste muy bien en YouPorn, aunque nadie supera a Tommy Lee.
Retorcí el puñal.
—Lo genial de todo esto es que no sólo no me vas a cagar ninguna relación: tampoco vas a arruinarme otro carro —señale afuera con la hoja—. Escuchá. Metallica. “Seek and Destroy”. El soundtrack perfecto —reí—. Y pensar que estuve por secuestrarte y llevarte a mi casa, como hago siempre. Pero fue más tentador verte hecho pija en tu propio territorio, con tu propia gente. Además, es bueno salir del hogar.
—No vas a salir vivo de acá —dijo Eddie, y me escupió una mezcla de saliva y sangre.
Sonreí y dije:
—Obvio que vos tampoco.
Retiré la navaja, listo para apuñalarlo de nuevo, pero me dio un cabezazo, me empujó y escapó.
Recuperé el equilibrio, empuñé fuerte la navaja.
—Hijo de…

Abrí la puerta y salí y me metí en el quilombo de gente y distinguí a Eddie semiagachado como un mono escabulléndose la mano en el estómago y fui tras él y Zakk se interpuso y me agarro de la remera y me arrojó contra la barra y caí de costado y cerré los ojos y por poco no me hago mierda el brazo y vi que entre las piernas y los gritos de la gente Zakk se me venía como un búfalo y rodé a un costado y justo esquivé una patada y me incorporé y giré y apuñalé a Zakk en la cintura y grito y cayó de rodillas y saqué el puñal y le tiré de los mechones y cuando tuve su garganta para mí lo degollé y tiré el cuerpo chorreante y fui tras Eddie y la gente gritaba y corría como ganado y estaba casi todo oscuro y Seek and Destroy te destrozaba los oídos y seguí avanzando y entre tanto caos logré identificar a Eddie cerca de la escalera y empujé a los que hacían pogo y fui tras él y sentí algo fuerte como pinzas que me agarraban del cuello y me arrojaban contra la pantalla y mi otro brazo quedó hecho mierda y perdí la navaja la puta madre y Phil enfurecido me levantó de la remera y le grité marioneta y me dio una piña y floté unos segundos y caí sobre alguien y luego al piso y cierro los ojos por el dolor y los abrí a tiempo para esquivar un nuevo ataque del pelado y me incorporé y la boca se me llenó de sangre que escupí y los riff de Metallica al palo y entre los pies y los vasos de plástico aplastados y a la luz de la pantalla localicé la navaja y me tiré para agarrarla y un brazo de Phil me rodeó el cuello apretando fuerte la la reputísima madre casi no podía respirar pero alcancé la navaja y no encuentré la manea de apuñalarlo fuck y me ahogaba y forcejeé y le di codazos en el estómago pero no pasó nada y se me cortaba la respiración y solté la navaja que se perdió y casi no tenía fuerzas y Phil me soltó de golpe y caí de nuevo y tosí y me toqué la garganta y giré justo para ver a Lalo y a Lady Oxana prendidas de los brazos del pelado y apareció Marysa y pegó un salto para darle un botellazo en la cabeza que le explotó en la cara pero no lo detuvo y se soltó y agarró del cuello a Marysa y ella soltó el cuello de botella rota y me apuré a agarrado y se lo clavé a Phil en la arteria femoral y solté a Marysa y lo empujé y Lady Oxana gritó que Eddie escapaba y corrí a las escaleras y subí los escalones de dos en dos y arriba eran otro quilombo de pelos y cuero y Motley Crüe con Wild Side y me abrí camino entre ese otro caos y cuando estaba llegando a la puerta me topé con Lemmy la cara de tipo jodido de siempre y me dice que Eddie acaba de salir y se hace a un lado y asentí y salí...

Nadie afuera, pero las manchas oscuras en la calle me guiaron al portón de rejas que impedía el paso a la plaza de enfrente, entre dos edificios. Vi sangre allí también. Debía tener aguante de sobra, Eddie, porque nadie se atrevería a trepar con una puñalada en el estómago. ¿No hubiera sido menos complicado correr a la izquierda o la derecha?
 Crucé a la plaza, caminé por el empedrado, rumbo a al centro. Me había quedado sin armas, pero no había problema. Le arrancaría la garganta con los dientes a esa mierda. La sola idea de pensarlo me hacía olvidar del frío de la madrugada y de los golpes y de los dientes que me había aflojado Phil. En momentos así me siento tranqui por mi situación económica.
Mis pasos resonaban de manera siniestra y las ramas de los árboles se agitaban por el viento. Como en las películas, ¿no? Sólo que ahora yo era el Michael Myers, obviamente.
Un ruido.
Provenía de la arboleda de más adelante, donde no había más que sombras. De hecho, la única fuente de luz en toda la plaza era una lámpara colgada en lo alto, que sólo iluminaba el centro.
—Salí, cobarde —le dije—. Demostrame que sos el verdadero fucking Metal God.
Silencio, pero seguí yendo hacia la arboleda.
—No, no me arrepiento de haber venido. Es excitante que te caguen a palos. Un poco, no demasiado —reí—. Mi sadomasoquismo tiene un límite.
Movimientos de ramas, todavía en las sombras.
—Estoy gastando energías en hablar, así que mejor termino con este cuento y listo.
Cuando empezaba a apurar el paso, Eddie salió de su escondite. Salió caminando, pero de espaldas a mí. Más que caminar, se tambaleaba, las manos a la altura del rostro.
—¿Te mordiste la lengua, eh?
El malcogido se tambaleó otro poco y cayó de costado, de manera que el pelo le cubrió la cara.
¿Por qué mierda se había cubierto ahí? ¿No lo había apuñalado en el estómago?
Me detuve junto a él, lo pateé. No se movía. Me agaché, lo di vuelta para verlo mejor a la luz.
Le habían arrancado la mandíbula.
Algo gigante surgió de las sombra y me pateó la cabeza, tirándome al piso y haciéndome escupir los dientes flojos. Me tragué el dolor y miré arriba.
El gigante quedó en contraluz, así que no podía reconocer sus facciones. Eso sí, era pelado y sostenía la mandíbula de Eddie.
Dijo algo en voz baja y grave, que logré entender:
—Dumm.
Se dio vuelta, en dirección al otro portón de rejas, y tiró la mandíbula. La luz le dio de lleno en la espalda, superpoblada de tatuajes. El más grande e imponente: la svástica mejor diseñada que vi en mi vida.
Me quedé petrificado. Y eso nunca me pasa.
¿Anz?


Lucky está en la web, y pueden contactarlo de la siguiente manera (click en el texto):




viernes, 10 de febrero de 2012

¡Lucky se pone metalero!

Adelanto de lo que será el soundtrack del próximo cuento de Lucky, ambientado en el mundo del heavy metal.

viernes, 23 de diciembre de 2011

It’s a Wonderful Xmas


Rojo, blanco y verde, por todos lados. Un pino grande como la concha de la madre, y sobrecargado de adornos. Gente dando vueltas, charlando, riéndose, comiendo canapés, bebiendo champaña. “Gingle Bell Rock” sonando por los parlantes...
En el salón del cuarto piso del hotel más importante de la ciudad también se preparaban para festejar la Navidad. Una Navidad que yo había planeado de otra manera.
—Nada mal —dijo Nic, y agarró una copa que le ofreció una camarera—. Admitilo.
Era 24 por la noche, y Nic había sugerido esta fiesta VIP para pasar el 25. A falta de opciones mejores, acompañé al resto del grupo: Alan, Barbie y Lola.
Pesqué una copa y dije:
—Tiene lo suyo, aunque una fiesta llamada It’s a Wonderful Xmas debería tener un mínimo de gracia. El “Xmas” ya está hiperquemado.
—Mirá, Lucky —dijo Lola, señalando las enormes pantallas ubicadas estratégicamente—. Están pasando Gremlins. Vos también querías proyectarla.
—Cierto —bebí un sorbo—. Mi idea era poner pelis navideñas con onda, como esa y Bad Santa y demás.
Entonado por el Malbec que nos tomamos antes de entrar, Alan me puso una mano en el hombro y dijo:
—Todavía no entiendo por qué de golpe suspendiste tu prometedora fiesta navideña. ¿Qué pasó?
—Es verdad —dijo Barbie—. Esa iba a ser la fiesta navideña.
¿Qué pasó? La semana pasada llevé a una pareja a mi casa, para “divertirnos” un toque, pero la mina agarró el hacha y despedazó los muebles y las paredes y se quiso escapar, pero la corrí y la agarré y la calmé con un rápido corte en la yugular que salpicó todo el blanco del living, como un último insulto a mi exquisito gusto para la decoración de interiores. ¡Nunca aprendo lo riesgoso de querer pasarla bien con dos personas al mismo tiempo!
—Ya les conté —dije, y bebí otro sorbo—: se me jodió el equipo de audio. Si la casa no puede sonar como una disco, entonces mejor abortar el plan —empecé a abrirme paso entre la multitud.
—Qué cagada que fue tarde para reservar en un lugar.
—Movámonos un poco, amargos.
Fuimos hasta la mitad del salón. A los costados, sillones ocupados mayormente por modelos y por algún loser que quebró antes de medianoche. Casi en la otra punta, un escenario con instrumentos en el fondo.
—¿Quién tocará? —dijo Nic—. Escuché que habían contratado a alguien groso.
La respuesta, cerca del gigantesco pino: Michael Bublé, quien me vio y vino a saludarme con un abrazo. Nos conocíamos de una fiesta VIP en Manhattan. Es más copado de lo que parece. Y siempre de traje. Me pregunté si dormiría en saco, camisa y corbata.
—¿Cómo andás, Mike? —le dije.
—Todo bien. La otra vez acordaba de vos, en una fiesta de Patrick Bateman.
—¿Seguís viendo a ese? ¡Es un aburrido!
Nos reímos.
Dijo que tocaría a las doce en punto.
—¡Bien! Aunque hubiera preferido que trajeran a Morrissey. O a José Feliciano, que al menos tiene un tema navideño.
Nos reímos a carcajadas.
—Sí, sí —dijo Mike—. Y yo hubiera preferido que viniera Bing Crosby, pero es más complicado todavía.
Nos cagamos de risa. En tanto, Lola y Barbie se dedicaban a fotografiarnos para subir todo a sus respectivas redes.
Mike, las chicas, los chongos, “New Sensation” de INXS empezando a sonar... Ya no estaba de tan mal humor.
Debía ser el famoso milagro de Navidad.
Hasta que...
—¡LUCKY!
Reprimí putear en voz alta.
Dos segundos después, mojito en mano, Mr. Divine estaba con nosotros, saludando uno por uno y con besos en cada mejilla.
Maxi (ese era su apodo anterior) era 95 kilos de mala onda, pero disfrazados de buena onda. Un puto Grinch... y un Grinch puto.
—Un placer tenerlos acá —dijo, superamanerado como en los grandes eventos, y como si no sintiera vergüenza de vestir esa horrible camisa con motivos navideños.
—¡Nice t-shirt!—le dijo Lola, que también andaba puesta de tanto Malbec, y le sacó una foto para su nuevo tweet.
Mr. Divine le guiñó el ojo y dijo:
—¡Thanks! —nos miró al resto—. ¡Nos vemos! Ah, Lucky: la fiesta temática Hospital fue hace dos semanas.
Lo decía porque estaba vestido con ropa de seda blanca que ese manatí no podría usar en su fucking vida.
Pero todos se rieron del chiste.
Mr. Divine me guiñó el ojo y se fue a seguir saludando.
—No le des bola —me dijo Alan.
—¿Tanto se nota que me cae mal? —dije—. Gordo de mierda...
Mike quiso saber qué pasaba.
—¿Ves American Horror Story? Este es como Jessica Lange, pero peor.
—Cuando llegué —dijo Mike—, lo vi besarse con el dueño del hotel.
Terminé mi copa, la dejé en la bandeja de una camarera que pasaba y dije:
—Así que dueño sabe cómo organizar eventos, pero no sabe elegir a quién garcharse.

I know, lo lógico hubiera sido irme de ahí, y a la concha de la lora con el merry christmas. Pero no iba a permitir que un malcogido me impidiera gozar.
Los canapés, mejor de lo esperado. Los tragos que servían en la barra, decentes (Mérito de Alan y Nic por comerse toda la cola para comprarlos cuando nos hartamos de la champaña). La gente se ponía a bailar. En las pantallas, escenas de Scrooged, de Die Hard, de Home Alone, de Nightmare Before Christmas...
Entre las camareras, me fijé en una tetona onda Salma Hayek, simpática y sonriente de oreja a oreja como si ocultara algo.
Voy a descubrir todos tus secretos y más, pensé, y fui tras ella, pero en el camino empezó “Waiting for a Train”, de Flash & The Pan, y me convencí de que tenía que conocer al DJ. Era flaca y vestía remera con Santa Claus incrustado en un árbol de Navidad. La convencí de ir a algún lugar más privado. La reemplazó su ayudante —un genio sólo por su remera de The Smiths— y salimos a uno de los balcones semidesiertos (y eso que hacía calor). Apoyados en la balaustrada, ante un paisaje de millones de luces y ruidos de fondo, la inevitable charla sobre bandas australianas de los ’80 devino en sonrisas, caricias... y cuando estaba por meterle la lengua hasta la garganta, apareció Mr. Divine, patético gorrito navideño incluido.
—¡Helloooo! Un momento, Lucky —bebió un sorbo de su Martini—. ¿Y qué pasó con el morocho de la otra vez? ¿Vos no jugaba para mi equipo?
La DJ me miró, pero no parecía ofendida.
—Soy un jugador todoterreno —le dije al cortamambo, sonriente.
—Lo que vos digas —miró a la mina—. Los bi son legión. No sé vos, darling, pero yo no soporto las medias tintas.
La DJ esbozó una sonrisita forzada, pidió disculpas y se fue rápido.
—Qué embole, ¿no? —dijo el gordo mierdoso viéndola irse—. Te las estás buscando cada vez peor, eh —bebió más de su trago—. Decidite por los hombres, que es menos problemático.
Me moría por cagarlo a trompadas, como mínimo.
—Se fue porque no te soportaba.
—Tiene que soportarme: yo la contraté —terminó el Martini y dejó el vaso en una mesa que tenía cerca—. Bah, se la sugerí a Marc, como le sugerí todas las ideas para este evento.
Marc era el dueño del hotel y su supuesto nuevo novio o chongo o lo que fuera.
—¿Tanto te duele que te haya dicho “No” esa madrugada de verano? —le tiré, apretando los dientes.
—¡¿Qué?! ¿Te pensás que sos Don Draper, mi amor? Ah, no, cierto que todos te confunden con DiCaprio. ¡Horrible!
—Horrible como el Colbert Noir que te ponés siempre.
—Porque Armani Code es el colmo de la perfección perfumada, ¿verdad? Es lo más similar a bosta de rinoceronte. Bueh, pero de vos no me sorprende.
Me le acerqué dos pasos y le dije:
—¿Estás seguro de querer apurarme? Cada vez que tengo la mala suerte de cruzarte hay que preguntarte lo mismo.
Mr. Divine se me acercó dos pasos y, mirándome fijo a los ojos, dijo:
—La última vez que nos vimos, en esa fiesta del 6º piso, alguien me tiró por las escaleras. Eran escaleras de caracol y sentí que nunca más iba a aterrizar. Y yo no estaba tan en pedo como para caerme solo. Incluso recuerdo haber sentido una pierna haciéndome perder el equilibrio —se tocó la pierna izquierda—. Dos meses con yeso y un tiempo caminando como House. Se me ocurre que podés saber quién pudo haber tratado de matarme.
Sonreí y dije:
—Sí sé y recuerdo que antes de tu caída, estuviste tratando de acaparar la atención.
—No “traté”: la acaparé. La acaparé con mi encanto natural.
—Wathever...
—Cosa que vos no pudiste.
—Lo que vos digas.
—Todos lo decían.
—No veo a “todos” acá. Puedo hablar por mí, y recuerdo muy bien que quisiste ensuciar mi imagen. Te acercaste a minas, a chongos, y a todos les vendiste cualquiera sobre mí. Y cuando quedamos solos en la cocina, te confesaste: “Vos a cagarte la fucking vida”.
Mr. Divine sonrió y negó con la cabeza.
—Yo no ensucio imágenes, darling —dijo. Sólo comparto mi punto de vista sobre la gente y las cosas. Vos tenés un aura oscura.
—¿Aura oscura? ¿Ahora sos astrólogo o algo así?
—Un aura siniestra, diría. Peligrosa. Maquiavélica. Pero nadie más parece notarlo. ¿Quién sos realmente, Lucky? De hecho, nadie sabe tu verdadero nombre. Y sé que tu apellido no es Albarn, como figura en tu Facebook.
Me reí y le dije:
—Lo gracioso es que todo esto pasa porque sos un envidioso o porque quisiste chuparmela y te mandé a la mierda... o porque vos sos una mierda.
Me agarró fuerte del cuello y dijo:
—Puedo hacerte pija sin que nadie se dé cuenta y sin derramar una gota de sangre.
Tenía fuerza, el hijo de puta.
—Clases de defensa personal —dijo, como si fuera un telépata. ¿Desde cuándo enseñaban a agarrar cuellos en esas clases?—. Los empujones por escaleras pueden dejarte muy traumado.
Pasos y una sombra acercándose.
—¿Todo bien? —dijo Marc, siempre con esa cara de haberse tragado un limón, que contrastaba con la corbata repleta de diminutos pinos verdes sobre fondo rojo.
Mr. Divine me soltó y le dijo:
—Tenemos una Scrooge meets Grinch.
Marc me miró mal y dijo:
—Así que un mala onda queriendo cagar nuestra fiesta a una hora y media de las doce.
¿Mala onda, moi? Era obvio que ese imbécil no me conocía.
—Pero ya se iba Lucky —dijo Mr. Divine, y me miró—. Él siempre hace sus propias fiestas navideñas —fingió horrorizarse—. ¡Ah, cierto que este año tuviste que suspenderla! Menos mal que tu decorador no se quedó sin trabajo y lo pude sumar al staff de este hermoso evento.
—Nada mal la idea de las pelis navideñas con onda —agregó Marc—. Para eso sí tenés onda.
No estaba acostumbrado a ser humillado, y menos por intentos de seres humanos como esos dos.
Miraron hacia la salida, y Mr. Divine dijo:
—Apurate, que tenemos que finiquitar preparativos.

Y salí, nomás. Salí sin despedirme de mis amigos (bah, igual que muchas veces). Pero gracias a que uno de los guardaespaldas era un viejo touch and go, pude volver a entrar. El chongo me hizo prometerle que cogeríamos después de medianoche. Le dije que nadie lo penetraría mejor que yo.
Camuflado con una de esas ridículas gorras de Santa Claus —a esa altura de la noche, casi todo el mundo allí adentro las usaba—, me metí en la cocina y robé uno de los cuchillos más grandes. Había empezado a sonar “Last Christmas”, de Wham!  y pensé que debía casarme con la DJ después de encargarme de Mr. Fucking Divine.
Semioculto detrás de un grupo de mujeres que no paraban de mirarme de reojo ni de cuchichear entre sí, vi a Mr. Divine a varios metros, junto a Marc, riendo frente a una pareja de presumible origen escandinavo.
Sabía bien qué hacer.
Lo voy a sorprender solo y no me cansaré de apuñalarlo. No me cansaré de apuñalarlo en cada centímetro de ese cuerpo de elefante marino. Puñaladas en el estómago, en el pecho, en la cara, en el ojete. Y cuando termine con él, lo corto en pedazos y envuelvo los restos de regalitos que pondré debajo de ese pino mierdoso, así los invitados los abren y se encuentran con uno de los organizadores de la mejor navidad de sus vidas.
Mmm... Sonaba muy complicado el tema de los regalos.
Lo voy a sorprender solo y no me cansaré de apuñalarlo. No me cansaré de apuñalarlo en cada centímetro de ese cuerpo de elefante marino. Puñaladas en el estómago, en el pecho, en la cara, en el ojete. Y cuando termine...
Un momento: estaba olvidando mi ropa blanca. ¡No podía estropearla por culpa de ese gordo loser!
Lo voy a sorprender solo y no me cansaré de...
Los guardaespaldas. No debía olvidarme que esa vaca puta estaba bien protegida. Y ninguno de los gorilas vestidos de negro apostados estratégicamente habían sido mis trolas ni siquiera dos segundos.
¡Fuck!
Quería destriparlo como a un cerdo, pero debería conformarme con estrangularlo.
Me acerqué a la cabina de la DJ, miré varios cables tirados en un costado y me robé uno corto, pero suficiente como para rodear el cuello de Mr. Divine y hacerlo conocer al Divine de verdad.
Esquivando las miradas de los bodyguards, seguí de lejos al gordo sarnoso, que se dirigía al extenso balcón del otro lado del piso. Iba solo, ahora con copa de champaña en mano.
No te lo tomés todo, pensé, así brindás personalmente con Dios o quien sea.
Mike me interceptó en el camino para preguntarme si convendría arrancar el show con “Christmas (Baby Please Come Home)” o con “Santa Claus is Coming to Town”. Le dije que escuchara su corazón —qué respuesta chota, eh— y lo dejé para seguir tras Mr. Divine.
Lo vi salir al balcón e irse hacia un extremo donde, al parecer, no había nadie, ni siquiera sentados a las mesas.
Me acerqué sigiloso, ocultándome detrás de los arbustos, también decorados como arbolitos navideños.
Ahora más lejos del ventanal cercano y más próximo a la punta, escuché otras veces. Avancé hasta otro de los arbolitos y pude ver bien a los demás.
Mr. Divine estaba junto a Marc y la camarera tetona onda Salma Hayek, quien, aunque se cubría la cara, no podía frenar el llanto.
—Así son las cosas, nena —le dijo mi futura víctima—. O te la bancás o tirate por acá —miró el borde del balcón—. Total, con todo el ruido, recién mañana temprano van a encontrar tu cadáver.
Marc la miró mal y se fueron juntos con su amante. Pasaron tan cerca de mí, que debí agacharme para que no me vieran, ya que ese arbusto no era tan ancho como los otros.
Me quedé un rato esperando a que entraran, y no pude evitar oír cómo lloraba la mina. No, no me conmovió, pero casi. Cuando la vi, estaba sentada en la balaustrada.
¿Le haría caso a esa ballena?
Evidentemente, sí: ubicó las piernas del lado de afuera, lista para saltar.

Mi instinto me dijo: “Salvala”, y como mi instinto (no mi conciencia, ojo) nunca se equivocaba, salí de detrás del arbusto y fue por ella y la agarré de los brazos justo cuando estaba por dejarse caer. Me sentí como DiCaprio en Titanic, cuando impide que Kate Winslet se tire del barco. ¿Esta suicida también me mostraría las tetas, como Kate le mostraba las suyas a Leo?
—¿Y tu espíritu navideño? —se me ocurrió decirle. Y bueno, no estoy acostumbrado a salvar gente.
Al principio lloraba tanto que no se le entendía nada, pero de pronto dijo bien claro:
—¡Estoy harta! ¡Todo el mundo se aprovecha de mí, como si fuera una pelotuda! Y seguramente lo soy.
Controlé que no hubiera nadie a nuestro alrededor, me saqué el gorro, nos sentamos a una de las mesas y le pregunté por qué decía todo eso.
Se llamaba Magdalena (Magda para los amigos) y era ex de Marc. Ex, casi esposa. Por su relato con salidas a escondidas y garche en lugares extraños, encajaba más en la categoría de amante, pero ella se había enamorado posta. Y Marc le había prometido cosas que ella se creyó, pero le rompió el corazón cuando le dijo que prefería coger con Mr. Divine porque sabía de sexo y de música.
—Esto me lo contó en la cara, pero después de que yo los encontrara juntos, desnudos, en una suite del tercer piso. Ver al hombre que amo con otro tipo fue la gota que rebalsó el vaso. Y quise irme a la mierda, pero me quedé para hoy porque necesito la plata.
Y, de paso, me contó que era pobre y todos los hombres con los que estuvo la habían cagado, desde los 12 años. Y se colgó contándome dos historias que ahora olvidé.
—Se fijan en mis tetas —dijo al terminar—, pero no en mi corazón.
Shakespeare no lo hubiera expresado mejor, eh.
También admitió que ella vivía amando a las personas equivocadas y que no sabía cómo cambiar y que la única solución posible era morir... y reencarnar en una mariposa o en algún insecto.
—Los bichos nunca tienen problemas sentimentales ni económicos —agregó—. Pero, ahora que me doy cuenta, yo ya soy un bicho —y volvió a llorar.
Los bichos no tienen melonzotes como los tuyos, quise decirle, pero opté por:
—¡No te subestimes!
—No quiero hacerlo. Mis psicólogos me aconsejan lo mismo: “No tenés que subestimarte”, “Vos valés mucho”, blablabla. Pero ni vos ni ellos están en mi cabeza.
¡Menos mal que no estoy ahí!, pensé, y le dije, muy serio:
—Claro que sos hermosa, Magda. Eso es obvio. Pero también me doy cuenta de que sos mucho más que eso. Sos sensible, sos inteligente. Pero nadie más parece notarlo, o no lo valoran. Pero así funcionan los hombres ahora. Y la mayoría de las mujeres. Quieren para sí a las personas bellas, pero más como un adorno, como si esa fuera su única cualidad.
Y seguí con el discurso para hacerla sentir bien y todo eso. Se me iba ocurriendo sobre la marcha, como mis frases de levante. Costaba no mirarle esas dos deseables protuberancias.
—Lo que tenés que hacer, de una vez por todas, es hacerte valer. Y tenés que empezar ahora mismo.
—¿Pero cómo?
Le extendí el cuchillo, que por suerte aún tenía guardado.
—No sigas permitiendo que dos idiotas dinamiten tu autoestima. Ni hoy, en Nochebuena, ni nunca.
Magda miró la hoja. Dudaba.
—¿Vos serías buenita con dos individuos a los que no les importa un carajo tu vida? Acordate de lo que dijo el gordo: “O te la bancás o tirate por acá. Total, con todo el ruido, recién mañana temprano van a encontrar tu cadáver”.
Magda empuñó el cuchillo, lo miró bien, como si nunca en su vida hubiera agarrado uno.
—No temas desahogarte.
—Pero si los... —empezó a decir Magda, y se puso de pie—. ¿Me voy a sentir mejor si lo hago?
Me incorporé, le puse las manos en los hombros y le dije, con mi mejor sonrisa de Patch Adams:
—Vas a ser libre, por fin.
Una nueva frase chota, pero que sirvió.
Oímos la voz de Mr. Divine hablando por micrófono. Ya estaban por ser la doce, evidentemente.
Magda caminó hacia los ventanales. Se dio vuelta para mirarme y dijo:
—¿Sos un ángel?
Quise reírme, pero al final le dije, sonriente, las manos en los bolsillos:
—Maybe.

Cuando entré, la gente se había reunido frente al escenario, donde Mike Nublé y sus músicos se preparaban para hacer su trabajo.
También estaban Mr. Divine y Marc, la parejita feliz, que controlaban la hora con un reloj grande ubicado en el pino. Faltaba un minuto y pico para las doce.
Me reuní con Nic, Lola, Barbie y Alan, a la espera de lo que fuera a suceder.
Marc se puso a agradecer la presencia de todos y todo el clásico speach de la ocasión. Aplausos por parte de la multitud.
—Y una Nochebuena sin presencias desagradables —agregó Mr. Divine.
Justo en ese momento, se me aparecieron dos guardaespaldas que me agarraron de los brazos. Les pregunté qué pasaba, pero sólo se limitaron a querer arrastrarme hasta la salida.
—Ahora sí —dijo Marc—. La cuenta regresiva: 10, 9, 8...
Mis amigos quisieron saber qué pasaba, pero les dije que no sabía, y los monos siguieron llevándome.
—7, 6, 5, 4...
En medio del forcejeo con esos monos, vi que Magda se subía al escenario, pasaba junto a Mike y quedaba frente a Marc y Mr. Divine.
—¡Una chica ansiosa! —dijo el dueño del hotel.
Magda sacó el cuchillo y se lo clavó en el pecho.
A mi alrededor, todos duros y mudos, incluso los guardaespaldas. Aproveché para liberarme.
Marc soltó el micrófono, se tambaleó hacia el lado derecho y cayó boca arriba. Magda lo apuñaló otra vez, ahora en el cuello, y la sangre voló de tal manera que salpicó al petrificado Mr. Divine.
Subí al escenario, agarré el micrófono y dije, muy entusiasmado y contento:
—¡Feliz Navidad!
El público seguía callado.
—¡Show sorpresa!
Pero ni desmayos ni gritos. Debían estar todos tan puestos a esa altura de la noche que ya nada les importaba. Y me lo confirmó Alan:
—¿Como en Halloween?
—¡Claro! Una rutina de Halloween, pero en Navidad.
Todos hicieron un “Ahhh” y se rieron y aplaudieron.
A mi lado, Magda no paraba de apuñalar al ex amor de su vida. Se había ensañado con la entrepierna. Y eso que el hijo de puta ya ni respiraba.
—Y ahora —anuncié—, todos los grandes éxitos musicales navideños con... ¡Michael Buble!
Lo miré. Él sí había quedado shockeado. Los músicos, igual.
—Costumbres de este país —dije, muy sonriente.
Y eso los tranquilizó lo suficiente como para empezar a tocar “Christmas (Baby Please Come Home)”.
Como Mike no se decidía ni siquiera a moverse, me puse a cantar yo. Gracias a mi carisma, el público se copó, aplaudió, cantó conmigo. Y Mike sonrió y entró en confianza y nos pusimos a cantar de a dos.
Quise ver en qué estaba Magda, pero no la vi ni a ella y ni a Mr. Divine. De pronto pude distinguirla detrás del gentío, persiguiendo al gordo de mierda, que caminaba apenas y parecía herido. Los guardaespaldas iban detrás de ambos.
Mike me dijo que no me distrajera y nos reímos y seguimos cantando y pasando una navidad de puta madre.

Ah, por cierto, MERRY CHRISTMAS!!!!!! 
Pórtense mal y no permitan que ningún madafaka como ese gordo les saque la sonrisa =)



Para desearle Felices Fiestas a Lucky, pueden contactarlo por... 



martes, 3 de mayo de 2011

#Paco Propaganda

Fotos de promoción del cuento “#Paco (Relato twittero y cinéfilo)”. Un cuento, dicen, inspirado en la cruzada de Diego Rafecas contra los críticos de cine.

#Paco se creía Spielberg.

 
#Paco se creía Scorsese.


#Paco se creía Tarantino.

viernes, 25 de marzo de 2011

Poster Free Your Mind

Les presento el poster del nuevo cuento de Lucky, que será publicado en unos días.
"Free Your Mind" es el mismo relato que iba a ser titulado "English method".

viernes, 4 de marzo de 2011

Próximamente...

... Estará online el segundo cuento protagonizado por Lucky. Se titularía "English method", aunque posiblemente cambie de nombre (el más tentativo: "Free your mind").
Podrán leerlo en unos días . Mientras tanto, disfruten "Marky Mark".

viernes, 28 de enero de 2011

Marky Mark


Estaba en Relax (La disco gay de moda, según mi amiga Div), y estaba levantándome un chongo estilo caribeño, cuando me fijé en él.
Incluso desde esa distancia, a la luz de la barra donde seguro quería pedir un trago, con el campo visual muy tapado por las locas que iban y venían, noté que se parecía Mark Walhberg.
Le dije al caribeño que lo vería en un rato y fui tras Marky Mark. Obvio que debía ser mío.
A medida que me acercaba se volvía más hermoso, más atractivo. Se parecía al Mark Walhberg de esa peli donde acosaba a Reese Whiterspoon, sobre todo. Vestía ropa del mismo tono (camisa beige, pantalón marrón, zapatos seguramente marrones también). Según esos rasgos juveniles, no debía tener más de 25 años. Por cómo movía la cabeza al ritmo de Duran Duran —sonaba “Notorious”— y por la manera de hablarle al barman, no era amanerado como quienes bailaban y se chuponeaban y se tocaban a nuestro alrededor. No parecía puto, o no se comportaba como tal. ¿Sería bi, como yo? ¡Perfecto! Estoy un poco harto de las locas locas. Desde que también había empezado a mirar hombres que nadie me flasheaba así.
Se le arrimó un blondo ultracomible; le dijo algo al oído, le pasó una mano por uno de esos fornidos brazos. Pero Marky, sonriendo, respondió con una frase corta (que no pude escuchar por la música al palo, obvio), y el chongo se fue rápido, haciéndose el indiferente.
Difícil el pibe… pero “difícil” nunca significó un carajo para mí. Además, todavía me confunden con DiCaprio, sobre todo cuando viajo a Nueva York y Los Ángeles y en varios países de Europa. Sólo a los frígidos no les cabe DiCaprio. Y, pese a su actitud, Marky no parecía frígido. Ni ahí.
¿Y si andaba acompañado por su pareja o por amigos? Tampoco me importaba. Sabía cómo deshacerme de noviecitos y de las prototípicas pendejas gay friendly que la van de cool.
El barman le sirve un Sex on the beach.
Uno de mis tragos de cabecera. ¡Hasta en eso coincidíamos!
Lo tenía en bandeja de oro, condimentado, humeante.
Aunque jamás fui un enfermo de las redes sociales, se me antojó sacar mi celu y mandar a mi Twitter: “Marky Mark”. I know, antes de capturar y devorar a la cebra, el león no se cuelga con el Twitter, pero yo no soy un león.
No un león, pero sí fui un tarado: cuando levanté la mirada, un anteojudo entrometido le hablaba a mi Marky. Lady Gaga pensaba como yo: comenzó a sonar “Bad Romance”.
Bueno, ahora es cuando lo mandás a la concha de su hermana, Marky, pensé.
Pero Marky no sólo siguió escuchando al Otro: también se reía de los chistes o comentarios del fucking entrometido. ¡Y hasta le convido de su Sex on the beach! ¿Sería un amigo o pareja? No, nada de eso. Era evidente que acababan de conocerse.
Encima el Otro no era ningún Brad Pitt. Pelo castaño, camisa negra, jeans gastados, fucking anteojos. Por su contextura física debía practicar rugby. Siempre odié a los rugbiers. Había visto miles de esos tipos en discos gays de todo el mundo, pero ese tenía cero onda desde el vamos.
Mental note: si Marky no lo echa a la mierda, lo haré yo.
Alguien me tocó el culo. Miré atrás.
No recordaba el nombre de ese clon de Andy Bell de los ’80 que sonreía como un boludo, pero me acordaba de habérmelo comido por lo menos una noche. Una noche en la que yo había estado puesto mal, seguro.
—¡Bugs! —dijo a los gritos con una voz chillona.
—¿Eh?
—¡Por Bugs Bunny! Si vos me pusiste este apodo.
—Ahh, cierto. Mirá, estoy apurado. Nos vemos…
Pero Bugs me agarró del brazo y dijo:
—No me llamaste más.
Uff, estoy harto que escuchar siempre lo mismo: “No me llamaste más”.
—Ando a mil. Otro día te llamo.
—Pero dale. Mirá que sigo teniendo el mismo BlackBerry.
—Okey, te llamo.
—O escribime por Facebook.
También odio el “Aceptame como amigo en Facebook” o “Seguime por Twitter” o alguna mierda así. ¡Sí, en ese momento odiaba las redes sociales, GRRR! Ojalá mi Marky no fuera otro adicto a esas boludeces.
Pero volví a mirar hacia la barra y ya no estaba. Ni él ni el Otro.
What the fuck?
Apreté los dientes, cerré un puño, quise agarrar a Bugs y… Pero no perdí tiempo y me puse a buscar en las pistas, cerca de otras barras, en el sector de los sillones, en el VIP.
Ni señales de ambos, la concha de la lora.
Corrí a los baños, esperando sorprenderlos abotonados como animales. Vi garchar a varias parejas, pero no a ellos. Sin dejar de ser cogido por el blondo que había ido por Marky, el chongo caribeño que quise levantarme minutos atrás me invitó a la fiestita.
—Otra noche —dije, y salí.
Volví a buscar donde antes. Nada, sólo miles de locas haciéndole caso a David Bowie y su “Let’s Dance”.
Al final, mi Marky resultó más fácil que el 90% de las locas de Relax y de casi cualquier disco, la puta madre...
En esa situación, cualquier otro pensaría: “Ya fue. Vos te lo perdés”, y se pediría un trago en la barra más oculta y fumaría y saldría en busca de un nuevo tipo con quien pasarla bien un rato o seguro volvería al baño y aceptaría la invitación del blondo y del caribeño al que casi me había levantado.
Sí, cualquier otro se conformaría con poco.
Mi nombre no es Cualquier Otro. Si quiero algo, no me detengo hasta conseguirlo. Y más si ese algo se parece a Marky Mark. Sépanlo.
Salí de Relax. Desde la entrada miré a todos lados, pero ni los vi, pero supe que habían pasado hacía poco: tirado en la vereda, el vaso con restos de Sex on the beach formando un charco multicolor.
—¿Te dejaron afuera del trío? —me dijo, haciéndose el gracioso, uno de los patovas que vigilaban la puerta—. Fueron al callejón de acá atrás.
Fui hasta allá. Oí que el otro patova decía:
—Apurate, que ya debe haber empezado la fiestita.

Apenas doble la esquina los vi caminar junto hasta los autos estacionados más al fondo, donde casi no había luz y apenas se escuchaba la música de Relax (Bowie había dado paso a algo que sonaba como Pet Shop Boys). Controlé que no hubiera ningún trapito del orto y seguí a la pareja feliz, escondiéndome entre vehículos de las marcas importadas que se les ocurran. Obviamente, evité tocarlos para no activar posibles alarmas.
El Otro le puso una mano en la cintura a Marky, quien hizo lo mismo y se dejó abrazar y chuponear.
Me contuve de darle un puñetazo a la ventanilla del Rover en el que me ocultaba.
—Acá mismo —le decía Marky al Otro, mirando a su alrededor, amagando con desabrocharse el pantalón.
—Me leíste la mente —le respondía el imbécil con una vocesita de mierda, haciéndose el simpático.
—¿Y si nos descubren?
—Más interesante todavía, ¿no?
—Es obvio que jugamos para el mismo equipo.
—Para el equipo de los ganadores.
Y se chuponearon de nuevo.
¡Son dos pelotudos a cuerda!
Marky comenzó a desabrocharle los botones del jean y dijo:
—Me lo imagino largo, como de dieciocho.
El Otro sonrió y respondió:
—No lo vas a poder creer.
Marky se bajó los pantalones, dejando ver un culo firme y blanco —lo único blanco en ese apestoso callejón—, y se puso en cuatro, las manos cerca de dos cosas oscuras y feas que no podían ser otra cosa que soretes.
—Cuando gustes.
Pero el Otro ni siquiera se desabrochó los jeans. Y casi al mismo tiempo que en Relax sonaba “Two Tribes”, de Frankie Goes to Hollywood, sacó una navaja que brilló como en las películas, se ubicó detrás de mi Marky, listo para degollarlo…
Salté de mi escondite, corrí hasta ambos, agarré al Otro del brazo, quise sacarle la navaja, el idiota pudo liberarse y quiso apuñalarme, lo esquive una, dos, cinco veces, le saqué el puñal de una patada de karate, cuando quise patearlo de nuevo me agarró y me tiró contra la pared, y choqué contra algo filoso y contuve el grito y el Otro me agarró de la garganta con las dos manos para ahorcarme mierda que tenía fuerza pero casi sin aire conseguí darle un puñetazo en el estómago y cuando se dobló lo empujé y se le cayeron los anteojos y tosí y respiré hondo y vi que el puto de mierda gateaba hasta la navaja pero llegué y se la patee y ahí me mordió la pierna y me dio una piña en las bolas y grité y me tiró al piso y me dio una piña y otra y otra y le clavé las uñas en los ojos hasta hacerlo chillar y me lo saqué de encima y pude levantarme rápido y lo pateé en la cabeza y en la espalda lo pateé lo pateé lo recontrapateé hasta que el hijo de puta dejó de moverse y sangraba como el fucking Porky después de la golpiza de su vida y pude haberlo matado ahí mismo...
Quedé agotado. La camisa se me pegaba al cuerpo por la transpiración y sangraba por una herida en el labio. Y ya se formarían algunos hematomas. Menos mal que nunca dejé de ir al gimnasio ni de practicar karate, pensé.
A mi izquierda, Marky acurrucado encima de la mierda, la expresión de quien contiene un grito. Parecía el extraterrestre del aquel cuadro famoso. ¿El grito, se llamaba?
—Listo —dije con tono tranquilizador—. Ya no te va a molestar.
Le extendí mi mano.
—Ven conmigo si quieres vivir —dije, citando la frase de Terminator, y le guiñé el ojo.
Marky sonrió un poco, tomó mi mano, lo ayudé a levantarse… y lo desmayé de un cabezazo en la frente. Al caer se golpeó contra la pared y le quedó una herida sangrante en la sien.
Miré alrededor. No debí dejar la 4x4 tan lejos.

Marky, mi Marky, quedó tan noqueado que recién se despertó en mi casa, cuando le pinché la ingle con la punta de my best friend Dundee.
—Hermoso, ¿no? —dije, mostrándole la impresionante hoja del cuchillo—. Es el mismo que usaba Crocodile Dundee. Otro día te cuento cómo lo robé —giré la cabeza para mirar al Otro—. A vos también, man.
Ninguno de los dos respondió. Bah, no podían hablar con las mordazas que les había puesto. Tampoco podían hacer señas, ya que los había amarrado con cables gruesos, pero igual forcejeaban como si creyeran posible liberarse. Ah, antes de atarlos los había desnudado y puesto boca abajo sobre manteles de plástico. Obvio que estaban cagados de miedo.
Me acerqué de un salto hasta el Otro, le pinché uno de los glúteos con Dundee y le dije:
—Nunca te pregunté tu nombre.
Le saqué la mordaza para que pueda decir:
—S-Sergio.
S-Sergio —extendí una mano hasta sus jeans, saqué la billetera, revisé los documentos—. Sip, no me estás mintiendo. La mayoría se inventa cualquier nombre o apodo o algo así. Me tocó de todo: desde Bart Simpson hasta Superman. Ojo, está bueno que así sea, pero cansaun toque —me reí al recordar a algunos de esas chicos y chicas—. Igual, cada uno terminó ya sabés cómo, je.
Marky lloraba con fuerza.
—Don’t worry —le dije—, no te voy a preguntar el nombre a vos. Para mí sos Marky Mark, ¿okey? —Volví a concentrarme en S-Sergio—: Mirá, Sergito, por lo que noté, sólo ibas a degollarlo a mi Marky. ¡Y yo que pensaba que la gente poco imaginativa se la pasa quejándose por las redes sociales o haciendo Stand Up o pajeándose viendo porno o pajeándose en general, bah! —lo agarré de los pelos y seguí pinchándole la nalga hasta hacerlo sangrar—. Yo te voy a enseñar cómo se hace.
Lo solté, pero antes de ir con Marky, agarré los restos de anteojos y le dije:
 —No sé por qué los traje, si ocupan espacio —volví a ponerle la mordaza—. Pero sé dónde ponerlos.
Fui detrás de Sergito, le abrí esas angostas nalgas de rugbier hasta que el ojete quedó bien a la vista y empecé a introducirle los anteojos. Obviamente, el boludito chilló, pataleó, agitó mucho la cabeza.
 —Te falta girarla 360º, como Linda Blair —le dije, riéndome, y seguí metiéndole los anteojos por el culo. No paré hasta metérselo entero. Ni un rastro de montura asomaba por el ano de ese pelotudito.
—Por lo menos —le di una palpada en el glúteo derecho—, el ojo del culo va a ver nítido.
Fui hasta la Mac, al programa de música, y al toque empezó a sonar “Good Vibrations”, de Marky Mark & the Funky Bunch.
—La verdad —le dije a mi Marky, arrimándome junto a él—, no es un tema que me vuelva loco. Quedó joya el cover que hicieron en Glee. ¡No me digas que no ves Glee!
Marky apretaba la cara contra el plástico y lloraba chorreando mocos.
—Si no ves Glee o no te cave, es porque tenés un gusto de mierda. Y porque no tenés oído. Entonces para qué carajo tenés fucking orejas.
Y le escarbé los tímpanos con Dundee. Se agitó como si estuviera poseído por todos los demonios del Infierno.
—Así está mejor, ¿no? Ah, okey, cierto que no podés oírme.
Me colgué viendo cómo hilos de sangre le empapaban la cara. Pasé el índice y me lo llevé a los labios. ¡Ñam!
—Okey, no da para meterse con tu baby face, sorry —lo puse boca arriba, acerqué la punta de Dundee a su pija (si a esa cosita arrugada se le podía llamar así), y la pinché.
Mi Marky tembló, quiso gritar pese a la mordaza, casi se le salen los ojos de tanto que los abrió.
—Imagino que bien erecta debe verse y sentirse mejor.
Y lo pinché de nuevo.
Más temblores y llanto. Las lágrimas se le mezclaban con la sangre. Pasé la lengua por la mezcla. ¡Ñam ñam!
—Voy lento, i know, y vos sos de los que siempre quiere ir más rápido. Ya me di cuenta en el callejón. Bueno, te voy a dar el gusto.
Me fijé en sus pezones, el mayor atractivo de un pecho lampiño y un torso no tan trabajado como imaginaba. Los lamí, pero eso nunca era suficiente, así que, en medio de los forcejeos y gritos contenidos de Marky, los mordí fuerte hasta arrancárselos y, no pudiendo con mi genio, los mastiqué igual que si fueran chicles.
—Ni el verdadero Mark Walhberg debe estar tan delicioso —dije con la boca llena. Miré a Sergito—. ¿Querés un poco, man? —y le escupí los pezones en la cara—. Media pila, Sergito.
Me aburrí de la música. Apagué la Mac, agarré el control remoto del Aiwa y puse The Smiths.
—Bien ahí, eh, Marky —le dije, mirándole el culo, cuando empezaba a sonar “This Charming Man”—. Firme y gordo. I like —le mostré lo empinada que tenía la verga—. No lo voy a desaprovechar.
Me puse detrás de él, abrí las nalgas, escupí dentro y lo penetré, lo penetré varias veces, lo penetré como si fuera el Marky Mark posta...
Aunque no resultó nada del otro mundo. Se hipernotaba que habían pasado miles de pijas por ahí. Marky chillaba y pataleaba como si algún príncipe valiente gay pudiera venir a rescatarlo, okey, pero seguía siendo monótona la cosa.
—Okey, hagámoslo más interesante.
Saqué mi pene y lo reemplace por un cuchillo de hoja en forma de serrucho. 
—Me juego a que nunca tuviste uno así adentro.

Como notarán, el sexo convencional nunca me cautivó. Por eso siempre buscaba algo más... Más.
—Oh, yeah.
Mi Marky no opinó: estaba demasiado ocupado retorciéndose y sangrando y llorando igual que una nena. Hilos de vómito se escurrían por la mordaza.
Le dije a Sergito:
—Esto a Ted Bundy o a Patrick Bateman nunca les le hubiera ocurrido... O no le hubiera puesto tanta onda.
Pero el idiota seguía quejándose por lo que estaba presenciando y seguro también por la nueva ubicación que le había dado a sus anteojos. Era como un patético gusano lechoso, con rollos de grasa colgando, que quería reptar inútilmente hasta la puerta.
Dejé el cuchillo en el culo de Marky, empuñé a my best friend Bodhi (mi Kukri favorito) y fui tras el pelotudo.
—Te muestro algo más creativo y más copado que simplemente cortarle la yugular a alguien, y te querés escapar. Así no va, eh. Sos más amargo que Patrick Bateman.
Dejé a Bodhi en el plástico, me arrodillé junto a Sergito, liberé uno de sus brazos... 
—¡Un tipo o...
... y me agarró de la muñeca, apretando fuerte, como para triturarla, y me tiró sobre el plástico. Vi que giraba y empuñaba desesperado a Bodhi y se volvía hacia mí, boca arriba, y agitaba el arma. Esquivé un ataque y me levanté y él no paró de agitar a mi amado Kukri.
—Como cantaba...
Le tiré con uno de los parlantes del Aiwa, directo a la cabeza, pero lo esquivó con un rápido movimiento del brazo.
—... Como cantaba Tina...
Le tiré con otro parlante, pero también lo desvió.
—... Tina Turner...
Aburrido, saqué el hacha de detrás del placard, la levanté y le di en las piernas. Sergiro se retorció del dolor y soltó a Bodhi.
—... "We Don't Need Another Hero".
Recuperé a Bodhi y volví a agacharme junto al fucking Mel Gibson.
—Estaba diciendo que un tipo o una mina más inteligente daría lo que fuera por aprender algo de mí! Hasta una parte del cuerpo, darían —le extendí el brazo y, de un solo golpe con Bodhi, se lo corté—. ¿Algo para agregar?
Le quité la mordaza y lo puse boca arriba, pero el idiota apenas boqueó como un pescado mutilado y sangrante.
—Todos los rugbiers se hacen los bad guys, pero son unos cachorritos.
Y Bodhi me ayudó a decapitarlo. Más líquido rojo, más movimientos epilépticos... hasta muriendo aburría ese loser.
Me levanté de un salto y volví con mi Marky, quien al menos le ponía onda al resistirse un toque más.
—Cuando veníamos para acá —le dije—, me acordé de que Leonardo DiCaprio y Mark Walhberg son amigos en la vida real —le saqué el cuchillo del culo—. Incluso trabajaron juntos en The Basketball Diaries, una de drogas y todo eso —le pasé la hoja por las nalgas enrojecidas—. De hecho, DiCaprio iba a actuar en Boogie Nights, pero prefirió hundirse en el Titanic, que lo convirtió en una estrella, obvio. Pero recomendó a Mark para Boogie Nights. Qué importante, ¿no? —me reí—. Dale, que todavía es temprano, y ya no está ese cortamambo de Sergito.
Subí el volumen de The Smiths y me dediqué a pasarla joya con mi Marky.
Le corté el pene, los testículos, los glúteos, se los hice tragar, los vomitó, lo obligué a chupar sus propias asquerosidades, incluyendo la diarrea que brotó de la carne palpitante donde solía haber un culo...
Y así seguimos hasta que me aburrí. Me dieron ganas de tirarme en el sommier nuevo y ver otra vez Point Break en Blu Ray.
Levanté a Marky (si esa cosa pálida y mutilada y en carne viva entraba en la categoría de ser humano) y lo dejé en la bañera. No tardaría en desangrarse del todo.
—Ah, nunca me presenté. Soy Lucky. Sí, yo soy de los que usan apodos, jeje. Espero que te hayas divertido tanto como yo. ¡Y eso que lo de hoy no fue nada, eh!





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